viernes, 21 de abril de 2017

Recomendaciones para el Día del Libro 2017















A dos días del Día del Libro me gustaría hacer algunas recomendaciones un poco más variadas que el año anterior. Eso sí, antes que nada me gustaría que disculpáseis mi ausencia en el blog durante todo abril, ya que no ha sido causada por falta de tiempo sino que me encuentro en una profunda mejora de mis habilidades artísticas, lo cual a mi criterio es más prioritario que realizar entradas en el blog, que aportan bastante poco a vuestra reflexión, y que siempre están manchadas de un indiscutible tono amateur. Tampoco he dejado de leer en el proceso, y no os voy a ocultar que ahora estoy inmersa en lecturas que no creo que sean demasiado ilustrativas o interesantes para el público generalista, aunque tampoco es que mi espacio se haya orientado alguna vez hacia este target... y por ello obraré tal cual me parezca, como siempre hago vamos.
En fin, necesito lo que estoy leyendo para mejorar la calidad de mis escritos públicos y privados, para conocerme mejor a mi misma y aportar algo como individuo antes del fin de mi existencia. No voy a negar que este es un acto puramente egoísta, pero para mi ahora es imprescindible adquirir la base filosófica que la educación española no me ha sabido proporcionar. Además, dentro del materialismo, que es la corriente de pensamiento que considero más próxima a mi, hay tantas variantes que abrazarlo entero es como dejar que un gorrón cualquiera se siente en mi mesa a comer de mi plato, ya frugal de por si. Así que expuestas las razones de mis ausencias, y sin más preámbulos, iniciemos este desfile de recomendaciones literarias.













ENSAYO···FÁBULA···MEMORIAS  
Primavera Silenciosa es un breve e importante estudio sobre el impacto de los pesticidas a lo largo de Estados Unidos durante la década posterior a la Segunda Guerra Mundial que no creo que pueda dejar a nadie indiferente. Es cierto que de primeras puede parecer un aburrido ensayo plagado de información técnica que requiera un mínimo de química y biología; nada más lejos de la realidad. Rachel Carson toma como leitmotiv el impacto de los contaminantes inorgánicos, pero no es lo único de lo que habla en Primavera Silenciosa. En las paginas de su texto más afamado deja translucir el profundo desazón que le produce que los seres humanos reduzcan al resto de las especies y sus nichos a meros mecanismos que tienen la función de servir al hombre en sus distintas actividades y, de paso, también hay alguna que otra reflexión sobre la posición del ser humano en la naturaleza muy interesante. Primavera Silenciosa es un texto maravilloso que recomiendo a cualquier persona que sienta un mínimo de inquietud hacia cómo comenzar a tomar conciencia de lo maravillosa que es la naturaleza que nos rodea, y cuan poco la sabemos apreciar.
El viento en los sauces fue la última gran fábula escrita a mi criterio. Se han publicado muchas novela protagonizadas por animales en la modernidad, pero ninguna ha logrado equiparar esta humilde historia, tal vez por eso, por su humildad. Las fábulas contienen un elemento moralizador el cual el lector puede comprender a través de una o una serie de situaciones protagonizadas por unas criaturas que adoptan cualidades humanas sin perder la originaria. Por eso vemos animales u objetos que se comunican a usanza humana pero que físicamente son iguales a sus congéneres más allá de las ficciones. El viento en los sauces no es una novela donde suceda algo realmente, sino que conocemos de cerca la existencia de unos animales que llevan vidas austeras y solitarias, cada cual en su domus y con los problemas cotidianos de siempre. Una serie de sucesos interconectados por una importante decisión que toma Topo en la primavera los lleva a juntarse y a formar una amistad imperecedera. ¿Es El viento en los sauces una novela infantil? Sí, ¿y? Es una novela tan sensible, con tantos niveles de lectura y temas, que jamás pierde profundidad. 
Las ensoñaciones del paseante solitario es último libro que he leído este año, y resultaría mezquino no ponerlo en esta lista después de las sensaciones que me ha dejado. Las ensoñaciones... pertenece al grupo de esas pequeñas joyas que pasan desapercibido en el panorama literario por alguna razón que me esfuerzo en desconocer. Rousseau no solo no es el hombre que yo imaginaba a través de mi libro de historia de educación secundaria obligatoria y bachillerato, sino que además resulta ser un caballero interesante, con un millón de contradicciones y preguntas flotando incesantemente en su mente, un hombre honesto y, sobre todo, auténtico y apasionado. Cometió actos réprobos en su vida, y de algunos de ellos habla en sus ensoñaciones, pero lo más relevante de estas memorias es el mensaje, y cómo el ostracismo social comenzó afectando drásticamente la existencia de Rousseau y cómo, poco a poco, aprendió a vivir y amar la soledad a la que lo habían condenado, hasta el punto de desearla como una compañera más, junto a su eterna amante, la botánica. Estas memorias que escribió para él mismo constituyen un documento íntimo, intenso, lacerante y revelador que recomiendo a cualquier lector con cierto bagaje literario. 










NOVELA···RELATO
Una de las cosas que más detesto que suceda en la literatura es que la obra de Ann Ward Radcliffe esté minusvalorada hasta el punto de que sea considerada una autora de segunda. Por eso este año revindico su labor en la literatura recomendando la mejor novela que he leído de ella hasta la fecha, El italiano. Con un aire a tragedia shakesperiana, Radcliffe narra la historia de Ellena Di Rosalba y Vicentio Di Vivaldi, dos jóvenes napolitanos enamorados pero separados por la fortuna e intereses de la esposa del marqués Di Vivaldi. En la búsqueda de un subterfugio por el que los amantes puedan escapar de sus respectivas miserias y unirse en santo matrimonio, descubrirán que un monje pérfido mueve los hilos de la mente de la marquesa y del destino de la joven Di Rosalba más de cerca de lo que los jóvenes imaginaban. Es una de las novelas que he leído mejor escritas a distintos niveles, y el antagonista podría estar en mi top de villanos favoritos de la literatura perfectamente.
Con la siguiente recomendación hago un poco de trampa porque, veréis, no se publica hasta finales de mayo. ¿Pero qué hay de aquellos lectores que nos hemos gastado el dinero ya por anticipado? Algunos que, solo una vez al mes, podemos permitirnos un libro de segunda mano y que hacemos verdaderos esfuerzos por comprar uno nuevo de vez en cuando. Pero la causa lo vale, porque La colina de los sueños es una de las novelas más bonitas que he leído. Fue mi primera historia de Machen y todavía recuerdo ciertas sensaciones residuales que dejó tras de si la lectura. Porque otros habían convulsionado mi mundo, pero Machen hizo que ese cambio tuviese un porqué. Así, La colina de los sueños trata sobre la existencia de un joven llamado Lucian que desde pequeño muestra una clara preferencia hacia la cultura clásica de una manera tan excelsa que acaba creando su propia tierra mágica, una ciudadela romana. Pero no es si no una mujer la que años después le inspira a dar forma al mundo a caballo entre la realidad y el sueño, la humilde Annie, de la que Lucian cae profundamente enamorado. Yo solo espero que alguien se guarde el dinero para La colina de los sueños en mayo, porque de verdad vale la pena, y más con Valdemar.  
Por último recomiendo uno de mis relatos favoritos de terror, escrito por Mary Wilkins Freeman. El argumento es sencillo: algo parece suceder a los allegados de Luella Miller, y todos terminan muriendo por razones muy concretas. No puedo desvelar más pero Freeman esboza en su relato un argumento interesante y hasta cierto punto rompedor, creando atmósferas sobresalientes en medio de la Nueva Inglaterra rural de principios del XX. El relato lo podéis encontrar en español en la antología Vampiras, pero en inglés también os digo que es muy asequible y anda por ahí en una edición ilustrada preciosa.
Nos vemos, y no compréis demasiado 💜 .

martes, 4 de abril de 2017

Huckleberry Finn y sus aventuras con el "nigger"

Con casi un millón de puntuaciones en Goodreads, Las aventuras de Huckleberry Finn parece constituir una de esas novelas que cualquier crío debe leer durante su infancia, y lo cierto es que en mi caso las historias de Mark Twain estuvieron bastante presentes durante este periodo de mi vida. Recuerdo con mucho cariño una adaptación cinematográfica de principios de siglo de Las aventuras de Tom Sawyer, la cual guarda una pequeña diferencia con respecto al resto de versiones, ya que en este caso los humanos son presentados como animales antropomorfos. Es una de las películas que con más cariño recuerdo y, en cierta manera, cuando leí El viento en los sauces evoqué las mismas sensaciones que experimentaba con el susodicho metraje. Así, seducida por este deseo de revivir mi infancia durante 2017, decidí leer las dos historias juveniles más afamadas de Mark Twain para descubrir qué había tras este producto cinematográfico.
Pero mi primera experiencia con el autor ha sido diferente a lo que había preconcebido una semana atrás, y lo cierto es que no ha sido una lectura que pueda calificar de agradable. Parte del problema se debe a que me ha sido imposible pasar por alto los aspectos de la obra que han envejecido lo suficiente para resultar ofensivos en la actualidad. Por culpa de esta serie de problemáticas las enseñanzas de la novela, todavía vigentes en nuestros días, que el autor misuriano deja patentes a través de su protagonista asilvestrado han quedado reducidas a reflexiones vacías. Por eso en esta reseña, más que mi opinión general, busco señalar en la medida de lo posible todos aquellos fragmentos que considero reprobables y comentar el porqué.

También considero que lo que voy a comentar a continuación sobre la novela es de interés actual. La gente blanca seguimos cometiendo los mismos errores más de cien años después de la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn, y la verdad es que no tenemos perdón, ni nos lo merecemos en realidad.
La obra, ambientada en la profunda Misuri de 1840, narra una serie de aventuras y desventuras protagonizadas por un niño llamado Huckleberry Finn. Hasta ahí todo correcto. El problema comienza cuando el autor introduce al esclavo negro de la señora Douglas, Jim. La grandísima problemática de esta novela es que el autor hace un intento de defender de las vejaciones a la gente de color y condenar la esclavitud, pero la carencia de documentación sobre la primera se hace patente conforme avanza la novela. Mark Twain se marca uno de esos famosos “peros” cuando una persona intenta desacreditar una lucha social y política. ¿Os suena el”yo no soy homófobo, pero no pasaría la noche durmiendo en la misma cama que mi amigo gay”? Pues todos los temas en torno a las personas de color están tratados de esta manera, y aquí podréis apreciar algunas perlas en la exposición de estos:
“—Me acuerdo. Te prometí no decirlo y no lo diré. La gente me llamará “despreciable abolicionista” por callarme, pero no me importa. No iré a decírselo a nadie. Es más, de todos modos no iré para nada...Cuéntamelo todo. […]. Comprendía que era inútil malgastar palabras. Es imposible enseñar a un negro a que razone. Y por eso le dejé”. Pág. 100.

¡Cuánto le había cambiado la personalidad! Ya lo dice el proverbio: “Dadle el pie al negro y se tomará la mano”. […] Ahí está ese negro, el cual he ayudado a escapar, y ya está decidido a robar sus hijos...unos chicos que pertenecen a un hombre al que ni siquiera conozco, que nunca me ha hecho daño... Me desagradaba oír a Jim de aquel modo. Mi conciencia seguía atormentándome, hasta que, por fin, me dije: “Todavía no es demasiado tarde. Me acercaré a la orilla y hablaré”. Pág. 110.

Supón que hubieras hecho las cosas bien y hubiese entregado a Jim, ¿te sentirías más satisfecho que ahora? “No”—me contesté—. Me sentiría mal, igual, exactamente igual que ahora. Entonces, ¿de qué sirve obrar bien, si obrar bien es desagradable y obrar mal no lo es? ¿Y si los resultados son los mismos?” Pág. 114.

Me pregunto hasta qué punto podemos justificar este tipo comentarios en una novela de finales del siglo XIX. He puesto los que he considerado más chocantes, desagradables y evidentes, pero quiero que tengáis presente que bajo este manto visible e indudablemente racista también hay mucho más, solo que interiorizado hasta el punto de que prácticamente no se puede ver. Así, Jim es presentado como un tipo con pocas luces, agorero y sumiso, y cualquier personaje de color que salga en la novela tiene las mismas actitudes que él. Esta caracterización de personaje no debe sorprender al personal, ya que en la literatura del siglo XIX, especialmente durante la primera mitad del siglo diecinueve, es bastante usual encontrarnos con novelas pobladas de personajes planos e insustanciales. Y la mayoría, como no, son mujeres blancas (clase media y alta), personas de color (hombres y mujeres) y criados blancos (hombres y mujeres).
Si ponemos en contexto los comentarios expuestos más arriba, descubrimos que el periodo donde con más fervor se buscó prohibición de la esclavitud en Estados Unidos fue desde 1831, extendiéndose desde Nueva Inglaterra hacia el resto del país, hasta el fin de la Guerra de Secesión, cuando final mente se prohibió ésta. Es muy importante clarificar, o más bien recordar, que en el Misuri de 1840 se permitía tener un sirviente negro sin que la posesión de éste reportara a los dueños problemas de ningún tipo con la ley o conciudadanos, un hecho que Twain aborda bastante bien hasta convencernos de cuan normal resultaba portar unos grilletes invisibles toda tu vida por el color de tu piel, y aprender a llevar esta certeza lo mejor posible, porque era lo que tocaba.

Pero con todo este potencial acumulado tras las innumerables experiencias del autor durante su juventud en Hannibal (Misuri) lo que no me parece normal es que, ya a finales del siglo XIX, Twain no muestre una postura más o menos clara en contra de la esclavitud. Hay una dualidad de opinión respecto a las personas de color muy casposa que se inclina más hacia el lado negativo. Remitiéndome a mis anteriores juicios, creo que ni él tenía claro su opinión sobre este tema,y así queda reflejado en esta novela. Así que volviendo a lo que nos ocupa, ¿justifico de algún modo los comentarios racistas de Twain? Pues la verdad es que no, y además los condeno. No puede ser que en 1884 una obra sea más estrecha de miras que La caballa del tío Tom, escrita en 1852 por Harriet Beecher Stowe, autora que recomiendo muchísimo leer si os interesa el tema del abolicionismo y feminismo en Estados Unidos durante el siglo XIX. En la mirada blanca sobre la esclavitud también influye el lugar de procedencia del autor, y no es mi intención comparar las dos obras sin observar previamente las vidas de sus respectivos autores. Mientras que Stowe provenía del seno de una familia de Massachusetts de clase media que le permitió acceder a una educación bastante amplia bajo un sólido ambiente progresista, Clemens o Twain no pudo ni siquiera terminar la escuela. Sabemos gracias a su novela qué tipo de atmósfera social imperaba en Misuri de por aquel entonces, por lo que no me extraña que Twain viviera sus últimos años en un estado de Nueva Inglaterra. Y por ello, por este ambiente tan diferenciado, puedo comprender que las opiniones de ambos novelistas disientan en el matiz o en la forma en la que son emitidas al lector, pero lo que no puedo es reconocer a Twain un mérito que no tiene...y que además priva a personas, mujeres en concreto, del derecho a tener más visibilidad que él en un tema que está mejor tratado por ellas. Ojalá las dejáramos expresarse, ojalá recuperásemos a más mujeres negras que escribieron sobre su posición en la sociedad americana decimonónica, porque son ellas las que se merecen estar al frente, no un señor blanco con bigote que nada sabía de estas cosas. ¡Queremos más literatura al estilo de Elizabeth Keckley, Amanda Smith y Harriet A. Jacobs! Y queremos que las bisnietas de esclavas negras nos cuenten sus historias, no hombres ni mujeres blancas; los blancos debemos aprender cuál es nuestro lugar, y más en la literatura.
Mucha gente mayor, sobre todo hombres (como no), reprobará el hecho que disienta en la recomendación de Las aventuras de Huckleberry Finn a los niños. Siendo sincera, pienso que leer esta novela sin una razón académica es perder el tiempo, y fue la última razón por la cual me quedé a un tercio de finalizar la novela. Hay mucha más literatura infantil y juvenil clásica sin problemáticas de ningún tipo que ha sido olvidada o que jamás será traducida al español. Así que, padres del mundo, romperos la cabeza, enseñar a vuestros hijos qué valores no deben aprender y qué valores sí deben comprender y tener en cuenta toda su vida. No hablo en ningún caso de censura, es más, estoy a favor de que si vuestros hijos desean leer esta novela lo hagan, pero imponed vuestra figura paternal o maternal y señalad qué valores han quedado desfasados y qué acciones no han de perpetuar.
El primer paso para educar bien a nuestros hijos se inicia mucho antes de concebirlos; es en el momento en el que decidimos analizarnos y acabar con ciertas actitudes. Entonces es cuando comenzamos a estar capacitados como individuos para cambiar el mundo también a través de futuras generaciones.
Nos vemos 💜. 
portada: filipe fernandez

domingo, 19 de marzo de 2017

Ni lobo ni perro: Colmillo Blanco


Uno de los principales responsables de que haya percibido cierto progreso a la hora de saber qué quiero encontrar una novela es Jack London. Pero también gracias a él he contestado diversas preguntas sobre mi misma que imaginaba que quedarían sin respuesta más tiempo. Esas respuestas a veces han sido dolorosas, causantes de intensos ataques de ira que han logrado hacerme enloquecer por unos instantes, pero también hay ocasiones en que las respuestas han resultado ser esperanzadoras, llevándome con frecuencia a desear la sencillez de una vida que, en realidad, me resulta inalcanzable. Siempre me da la sensación que las contestaciones que London emite a sus lectores sobre la vida y las experiencias referidas a ella permanecen imbuidas de una sincera tristeza que surge de la incapacidad de conocer cómo nutrir el barro seco y agrietado del que están compuestos una minoría de sus acólitos. Este sentimiento es el mismo que experimento cuando analizo con profundidad algún aspecto de mi carácter y creencias tras interpretar sus palabras, y entonces sé que es demasiado tarde para moldear algunas partes de este trozo el barro que constituyo. Continuamente, London emite en Colmillo Blanco que aquellos que son enemigos de nuestras respectivas especies deben vivir lo mejor que puedan con esta certeza, y que esto en ningún caso ha sido por elección. Tampoco existen posibilidades de evitar el trauma a aquel que percibe con mayor habilidad que el resto del reinado de los hombres de que a este mundo se viene a sobrevivir, y la mayor parte del tiempo estamos solos en la selva. También London, un antiguo «dios de carne» convertido ahora en polvo, fue un enemigo para la gente de su tiempo. Buscó al igual que todos una forma de escapar de esto hasta el fin de sus días, pero sin lugar a dudas comprobó que no existían soluciones atemporales y efectivas para cesar esta lenta destrucción avocada a la locura pero que, cuerdos o locos, terminará por arrojarnos a todos a las fauces de la muerte. Y es que London siempre acaba imponiendo en sus historias la visión materialista en la que, miserables o mártires, todos convergeremos al mismo punto. Perfectamente sabemos, o conocemos, que tenemos un final común en este espacio construido sobre el gran Tiempo, así que ¿a caso algo de lo que he dicho importa? ¿A caso creéis que voy a caer en la necedad de aceptar el bárbaro idealismo que domina nuestros días, o en el desfasado espiritualismo de los viejos tiempos? Señores, yo digo que sigamos caminando a luz de gas en la oscuridad hasta que el fermento cese de serlo.
El mundo no era todo libertad, para la vida había ciertas limitaciones y restricciones. Estas limitaciones y restricciones eran la ley. Obedecerla era evitar el dolor y buscar la felicidad […]clasificó las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y después de aquella clasificación evitó las cosas dolorosas, las restricciones y los frenos para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida”Pág. 75. 
En Colmillo Blanco, el autor analiza de manera minuciosa a través de la vida de un híbrido entre lobo y perro diversos aspectos de existencia de los seres, desde el miedo y la fascinación hacia aquellas cosas desconocidas y salvajes del exterior hasta la adquisición de la consciencia de individuo junto al dominio de inclinaciones naturales y deseos primigenios que el mestizo se niega a si mismo por otro instinto más poderoso, el de la lealtad, aquella que le une a los dioses compuestos de carne, envases de gran poder y odio, llamados seres humanos.
Reconozco que ha sido una lectura muy intensa de principio a fin, pues la evolución de Colmillo como individuo y todas las certeras verdades que el autor lanza respecto a su existencia no dejan de ninguna manera indiferente, un efecto que a mi entender debe resultar más impactante en la adolescencia. Pero la historia de Colmillo Blanco en realidad se inicia mucho antes de que el mestizo exista, antes incluso de que el instinto de reproducción aparezca en un viejo lobo endurecido por la vida y una perra que ha escapado de los indios. Así, London presenta en la primera parte a los futuros padres de Colmillo cuando, famélicos, echan al traste junto con otros lobos una expedición de dos hombres en las vetustas e ignotas arboledas de Canadá. El rastro de la carne es un capítulo muy interesante a distintos criterios narrativos y, además, es el que considero más revelador de esta primera parte gracias al impresionante despliegue descriptivo con el que London hace experimentar al lector la insignificancia de los seres vivos en un entorno hostil y desconocido que cada segundo lucha por devorar la vida en movimiento porque la detesta, porque para este otro tipo de vida la nuestra es extraña, anormal e indeseable.
No es necesario realizar ningún esfuerzo para creer en tales dioses [los seres humanos]; ningún esfuerzo de voluntad puede inducir a la falta de fe. No hay forma de huir de ellos” Pág. 109.
Podemos considerar la primera parte de la novela como una especie de relato, ya que a mi criterio funcionaría muy bien de manera independiente. Luego es donde yo considero que empieza el hilo narrativo que nos ocupa, es decir, el referido al cánido. En la segunda parte es cuando London deja de centrarse en lo general para pasar a lo concreto, la disección de los sentimientos de los lobos y sus respectivas conductas destacando siempre el papel que desempeñan cono individuos en manada o la estructura que nosotros calificamos de familiar. El autor empieza a hablarnos de la consciencia, un tema apasionante que, irónicamente, me resulta interesante desde cualquier perspectiva filosófica, siempre que esté bien expuesto, obviamente. Y, en este caso, como no podía ser de otra forma en London, es desde la perspectiva materialista. Enseguida aparece en instinto de individualidad en el pequeño Colmillo, y se descarta al mismo tiempo cualquier pensamiento intangible que no esté estrechamente relacionado con lo cognoscible. En ningún momento de la novela Colmillo se pregunta quién era antes de nacer o qué será después de morir, ya que tampoco sería lógico teniendo en cuenta el casi inexistente nivel de humanismo del animal. Aprovechando al límite la naturaleza de su protagonista, London explora los distintos juicios a través de la tercera persona, opiniones irrefutables que podría emitir cualquier materialista de la época del californiano, solo que este último lo combina con su precioso estilo y maestría a la hora de analizar sensaciones y sentimientos, logrando un grado de realismo apabullante.
La vida vive de vida. Se encontraban los que devoraban y los que eran devorados. La ley era: devorar o ser devorado. Él no formulaba la ley de forma tan clara ni establecía los conceptos ni moralizaba. Ni tan siquiera pensaba en esta ley; tan sólo vivía la ley sin pensar en ella” Pág. 92.
En la tercera parte de la novela es la más trabajada, sin embargo, la que más me gustó a mi fue la cuarta, y ahora comentaré el porqué. Cuando la vida en el bosque se hace insostenible, Colmillo Blanco se integra en un poblado indio nómada en el que descubre con más profundidad algunos sentimientos que ya había conocido en sus primeros paseos buscando alimento y diversión, pero otros muchos sentimientos, sobre todo los negativos, los adquiere por primera vez entre los aborígenes. Apunta London certeramente al principio de la tercera parte que los seres humanos son lo desconocido materializado en carne y hueso. Los dioses de carne ejercen su voluntad sobre los débiles, porque la realidad es que consideramos a los animales herramientas o artilugios que podemos destrozar, pisotear y golpear cuando es necesario para seguir viviendo nosotros. Colmillo sabe perfectamente que renunciando a una parte de él y dejando que la posea su dueño indio, Castor Gris, está procurándose más posibilidades de sobrevivir que en el bosque, ya que hay más posibilidad de supervivencia entre aquellos que tienen que elegir una razón para destruir una herramienta que en la selva boscosa, a la cual no le importa que la vida en movimiento muera, de hecho lo desea, porque al devorarla perpetua su ciclo de la vida.
A. Ayerbe

El mundo se muestra cruel, feroz y mortal para Colmillo Blanco, no se puede cambiar aquello que ha nacido para para destripar, comer y seguir corriendo. Es la ley natural de los seres vivos, así que Colmillo acepta esta certeza sin saberlo, y se une a la matanza porque no hay elección; lo único que puede hacer es ser el mejor según lo que el medio le ofrece. Finalmente, Colmillo Blanco se convierte en el perro más fuerte e inteligente de todo el asentamiento, eliminando de forma gradual todas sus debilidades. Al final de la tercera parte es un perro violento, solitario y hosco que se mueve por pura inercia de vivir; no conoce el amor, e incluso la paz es un concepto ajeno para él. La lealtad solo permanece dentro de él porque con ella puede acceder al calor de una buena hoguera, grandes dosis de carne y la venganza satisfecha al llevar ocasionalmente un derramamiento de sangre de sus viejos enemigos de la infancia.
Para las criaturas simples, el bien y el mal es algo que puede ser entendido con facilidad. El bien se encuentra en las cosas que reportan comodidad, satisfacción y la superación del dolor. Por tanto, a todo el mundo le gusta el bien. El mal se encuentra entre las cosas que están ellas de dificultades, amenazas y dolor, y es repudiado en consecuencia” Pág. 167.
Así llegamos a la cuarta parte, en la que se produce un cambio en el origen del poder al que le debe lealtad Colmillo Blanco. Es en estas páginas cuando vemos la humanidad más corrompida, donde con mayor facilidad comprobamos que el ser humano utiliza todo lo que está vivo y puede matar para sus innobles beneficios, que ahora van más allá de la supervivencia. London hace una tremenda crítica al maltrato animal desde una perspectiva novedosa y rompedora para la época. Lo más parecido a lo que London realiza en la cuarta parte es la novela Belleza Negra de Anna Sewell, donde la autora realiza una gran labor de concienciación hacia los pésimos cuidados que procuramos a nuestros animales. Pero Sewell escribe su novela intentando cambiar el pensamiento general en un tono amable y sencillo, London nos ataca con brutalidad de Colmillo en las peleas ilegales y sin pelos en la lengua, nos llama de todo a los seres humanos mediante el personaje de Guapo Smith, y luego hace su crítica airada. Intenso, auténtico y único; ese es el maldito Jack London y sus magníficas historias.
Geoff Taylor

Con la culminación de la brutalidad entra en la historia el buenazo de Weedon Scott, y con él esta adopta un cariz más amable y tierno, y es por otras cuestiones que la quinta parte se convierte en mis páginas predilectas. Como con El lobo de mar, me pasa que siento que las cosas podrían haber desembocado en un punto más dramático, pero London prefiere mantener un dramatismo medio hasta el final a riesgo de excederse demasiado. Esto no me parece mal, de hecho para mi es preferible que quede así a romper todo el drama con un exceso del mismo, y es digno de admirar cómo Colmillo Blanco mantiene siempre una regularidad en la intensidad dramática. En la última parte se produce una deconstrucción, aunque London no cae en la absurda idea de que el barro puede volver a moldearse con la misma facilidad cuando ha pasado tanto tiempo seco. Esa idea la mantiene presente hasta el final, y me pareció el broche perfecto para cerrar una vida tan inolvidable como la del mestizo.
Para mi Colmillo Blanco es una novela que habla de aquellas cosas que nos causan incertidumbre a los seres humanos, y de aquellas que a los jóvenes nos trae especialmente de cabeza. Algunos no sabemos qué nombre poner a estos extraños pensamientos, pero están ahí, retándonos, y alguna a vez han sido la causa de más de una noche en vela. Por eso animo a profesores y padres a que hagan el favor de que sus hijos lean esta novela para que las preguntas que se formulen nuestras próximas generaciones no queden sin respuesta. ¡No veo el momento de recomendarle a mis futuros hijos que lean a Jack London! Cada tema de Colmillo Blanco sigue siendo de interés actual, y con más de cien años a sus espaldas no ha envejecido ni un pelo.
Y durante todo aquel tiempo, la loba permaneció sentada sobre sus ancas sonriendo. La batalla la alegraba de alguna extraña forma, ya que aquello era el amor en lo salvaje, la tragedia del sexo del mundo natural que era tan sólo tragedia para aquellos que morían. Para los que sobrevivían no era una tragedia, sino un logro y un éxito” Pág. 52.
Si sois los que como yo no teníais pensado leerla jamás, os prometo encontraréis una historia de la que podréis sacar grandes enseñanzas para afrontar el día a día con más sencillez y humidad, y que, cuanto menos, os hará reflexionar. Aquello que siempre deberíamos buscar en la literatura.
Nos vemos 💜.
portada: foto del maravilloso félix rodríguez de la fuente y un lobo

domingo, 12 de marzo de 2017

Dos novelas de Jules Verne y mi opinión impopular


De todos los escritores de novela científica que me impuse este año, Jules Verne era seguramente el que más ansiaba leer por ser el único que no había tenido la ocasión probar aún. Podría deciros que había puesto grandes expectativas en el autor francés, pero os aseguro que estaría mintiendo. De las novelas que seleccioné esperaba historias sin ningún tipo de pretensión literaria más allá de entretener; en resumidas cuentas imaginaba que serían narraciones donde una sencilla comunión entre la ciencia y la literatura daría como resultado una serie de historias imbuidas por una humilde pasión hacia los temas abordados, cimentada en una cristalina finalidad de hacer llegar  la ciencia de una manera diferente hasta la fecha a los lectores menos avezados.
Recordemos que durante el siglo XIX adquirir conocimientos sobre diversos campos científicos no estaba al alcance de cualquiera, ni siquiera de la gente que tenía amplios fondos monetarios. Esta especie de “secularización” de la ciencia cerca de finales del siglo XIX brindó el derecho y la oportunidad a las gentes más humildes, entre los que había muchos autodidactas entusiastas, a adquirir amplios conocimientos sobre diferentes temas científicos gracias a insignes divulgadores como Camille Flammarion (Popular Astronomy;1880) o las maravillosas y olvidadas, además de anteriores a Flammarion, Jane Marcet (Conversartions of Chemistry) o Mary Somerville (The Mechanisms of the Heavens), entre otros y, por supuesto, otras. No puedo quitarle el merito a Verne de acercar la ciencia a los jóvenes y no tan jóvenes mediante un abanico de aventuras desternillantes durante gran parte del segundo cincuenteno, pero puedo decir sin temor a equivocarme que Verne ha quedado a mi juicio profundamente desfasado. Es un escritor que no recomendaría leer, excepto a aquel que quiera revisitar sus lecturas de la infancia, y menos aún a una persona que esté empezando con lecturas de índole más compleja.
Si me conocéis un poco sabréis que para que yo emita tales juicios sobre un clásico tan afamado como lo es Verne debo de haber perdido bastante la paciencia. Aunque no lo parezca me disgusta estar enfadada, y más cuando leo. Prefiero disfrutar y obsesionarme con una novela y su autor o autora que vilipendiar al pobre diablo. ¿A caso  la literatura no es una herramienta que empleamos para liberarnos de los demonios y miserables que la realidad nos vomita  encima cada día? La literatura no va a convertirse para en otro demonio con el que deba cargar hasta el Calvario, por eso ejerzo mi voluntad y plasmo mi criterio y opiniones respecto ella y sus autores como quiero, pero ante todo con criterio.
Sabéis que casi siempre defiendo a los clásicos, ellos me han dado todo en lo que me he convertido, y siempre romperé una lanza por aquellos que han rozado o alcanzado la universalidad, pero hoy no voy a defender a Julio Verne. Con dos novelas leídas de él he podido cerciorarme ampliamente de que ni siquiera tenía en mente atrapar un poco de esa universalidad, y a mi juicio eso lo convierte en un mal autor. Hubieron cientos de mujeres y hombres en la época de Verne que atraparon la universalidad, ¿por qué a algunos de ellos les hemos dejado morir mientras que a él no? Es un enigma, pero la humanidad ya tiene preparada una respuesta con la que silenciarme.

Así que dejemos los preliminares y pasemos a comentar Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en ochenta días.
La narración de Viaje al centro de la Tierra se inicia desde Hamburgo, donde el profesor Lindenbrock ha descubierto un extraño en cuarto cuya autoría es de un irlandés llamado Turleson. Convenientemente se desliza un papel fuera del libro con unos extraños símbolos caligráficos relacionados con el núcleo terrestre. Y el profesor, un hombre que de ninguna manera podríamos calificar de científico materialista, se lanza a la aventura llevando con él a su sobrino hacia Islandia, donde supuestamente se halla una de esas entradas directas al núcleo terrestre.
Hay tantas cosas mal en esta historia que no sé ni por donde cogerla para ir desmenuzando poco a poco todos los aspectos que me han molestado. La novela, efectivamente escrita en 1864, más que un viaje al centro de la Tierra es el descenso hacia la inanición y el sopor eterno. Desde el principio estamos ante una trama bastante inverosímil, que aumenta a cada segundo, haciendo que el lector se salgacon más frecuencia de lo esperado de la narración. Las razones que llevan a estos dos personajes principales acompañados de un guía mudo al centro de la tierra son de risa, pero eso todavía es pasable si consideramos la novela un pastiche de la época no muy elaborado. El problema es cuando, aparte de que son razones pobres, tenemos a unos personajes más falsos que los decorados de la serie original de Star Trek. Y si eso ya era digno de duros vilipendios teniendo en cuenta dónde situan a Verne en la literatura de anticipación, le sumamos un narrador que dificulta aún más la labor de empatía. Axel lo único interesante que aporta a la trama es recordarnos una y otra vez de manera pueril la necesidad de estar en Hamburgo con su prometida, sacando al lector de una ambientación solidamente construida, que es lo mejor de la novela. Los convenientes y para nada forzados cambios de carácter de Axel me despertaron más de una vez alguna que otra risa sardónica con la que he intentado aplacar como bien he podido esta irremediable necesidad de ponerme a llorar ante semejante producto con penosas aspiraciones literarias de ser una novela. El otro protagonista, el profesor Linderbrock, más que científico parece un señor en plena crisis de los cincuenta, el nivel de estrés que provoca al lector es inaudito y, como no, es de cartón-pluma como su sobrino "El Quejón". También hay otro personaje, el guía, que les salva la vida de estos mentecatos en diversas ocasiones, y que irónicamente resulta el más interesante de todos. Sin embargo, es en Hans en donde Verne deja entrever su snobismo, e incluso podríamos hablar de palabras mayores, es decir, racismo.
A mi si los personajes quedan planos o no están adecuadamente construidos, o peor aún, se califican a si mismos de buenos o malos, aunque entre en conflicto con mi pensamiento, puedo acomodarme a las exigencias del autor ya que ante todo es su historia. Eso sí, yo siempre tendré el derecho a decidir a qué doy más relevancia a la hora de comentar. Por eso si Viaje al centro de la Tierra no me ha gustado no ha sido por estos personajes condenados al olvido en unas pocas semanas, sino porque la historia en si es mala de verdad.
Pensaréis que he desatado mi visión materialista influida por las visitas oníricas de Lobo Larsen, y que le he sacado el rizo al rizo, pero es que yo no le estoy pidiendo a Jules Verne ni tan siquiera un producto que se ajuste a los parámetros racionalistas de su época. Y sino vamos a comparar Viaje al centro de la Tierra con la novela pulp The Moon Pool de Abraham Merritt, ya que ambas están sentadas sobre el mismo argumento. La diferencia entre que The Moon Pool sea un producto óptimo y esta novela no recae en el hecho de que Merritt despierta el sense of wonder, mientras que Verne se lo pasa por la tela del globo aerostático. Y me diréis que es porque en 1864 y tales cosas ni siquiera se habían buscado, pero os recuerdo que Mary Shelley ya lo había logrado en repetidas ocasiones, y de manera certera por cierto. El sense of wonder para mi no depende de aquello que intentes colar como creíble, lo que a mi me resulta crucial es la manera en la que el autor despliega sensaciones, fenómenos y sentimientos en un nivel ascendente de complejidad en torno a un elemento ficticio, el cual un buen escritor debe transformar en una serendipia maravillosa para el lector en el menor número de escenas posible. Mary Shelley lo logró, Edgar Allan Poe lo logró, H. G. Wells lo logró... Nadie con un mínimo de cultura a la edad madura puede creer que la tierra esté hueca ni en 1864, ni en 1917 y mucho menos en 2017, ¿cómo Merritt puede conseguir que me lo crea y Verne no? Pues básicamente porque Merritt quería contar una historia utilizando el sense of wonder sin saberlo, y Verne, imagino, solo quiso narrar una sucesión de escenas con una base pseudocientífica. En Merritt hay universalidad en los sentimientos que expresan sus personajes frente a conflictos diversos, en Verne ni siquiera perdura un ligero entusiasmo por ese primer paso de soñar con lo imposible.
Estas duras afirmaciones no las hubiese emitido leyendo solo una novela de él, ya que podría haber sido un ejercicio desafortunado, por lo que entonces fui a por una segunda novela, aquella de Verne que todos aseguran que gusta, incluso a los menos entusiastas del autor. Además, como La vuelta al mundo en ochenta días está narrada en tercera persona y no tenemos a un paleto rompiendo atmósferas me predispuso positivamente a leerla.
Pues bien, planté lectura en poco más de la mitad porque no soportaba ni un minuto más la narración del caballero. La diferencia entre Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en ochenta días es que en esta última no hay carácter científico, la aventura es la que domina la narración, y no sé deciros que es peor. Ilusa de mi pensé que al ser así los personajes estarían mejor confeccionados y que la línea narrativa sería más interesante. ¿Qué autor en su sano juicio crea un personaje plano a propósito? Pues Jules Verne. ¿Cómo un personaje puede ser artificial? Pues no lo sé, no me había topado con un personaje tan malo desde que abandoné cierto tipo de literatura juvenil, y sólo con recordar a Phileas Fogg desayunando se me pone el vello como escarpias.

Creo que ni siquiera hace falta mencionar de que va la historia a estar alturas del cotarro dado que el título resume muy bien este ejercicio de escritura, y además la historia está muy enraizada en la cultura. Eso sí, aventuras las que te diga el tío del globo aerostático. Podemos resumir la novela en un viaje alrededor del mundo en el que cuando sucede algo supuestamente interesante lo único que quieres es leer en diagonal a ver si así acabas de una vez por todas la novela. Una pésima novela de aventuras con personajes acordes a un ejercicio tan inmemorial como este.
Y como sé que no mucha gente va a estar de acuerdo con mi opinión sobre estas novelas del autor recuerdo que esta es sólo mi opinión. Creo que al señor Verne no le he faltado al respeto, tan solo he expuesto lo que creo y lo que he sentido en base a lo que he leído. He leído dos novelas que no puedo considerar más que fallidos intentos de escribir sobre aventuras en espacios no hollados por la literatura por aquellos tiempos. Vuelvo a repetir que aprecio y le doy las gracias a Jules Verne por a allanar un poco más el camino a los jóvenes victorianos para descubrir la ciencia y amarla, pero ahora, señor Verne, es hora de retirarse de la vanguardia. Leeré 20.000 leguas de viaje submarino cuando olvide un poco el amargo sabor de estas novelas...y será la última vez que tenga contacto alguno con el autor.