Hace
ochenta y dos años un hombre acometía la tarea plasmar su presente
convencido de que no deseaba escribir sujeto a la misma visión crítica
que sus coetáneos. No tenía miedo a la autoridad, y menos aún de aquellos que descubrieran entre líneas sus opiniones respecto a
un mundo convulso. Tan sólo temía y al mismo tiempo ansiaba una
cosa: que su visión del Universo fuera el tramo final para acariciar
los límites de la comprensión humana. Un viaje que había iniciado años
antes un tarde de verano, agazapado entre las rocas, mientras
observaba el comportamiento de una colonia focas en la isla de
Anglesey.
