Llevo casi un par de meses obsesionada con ese gran país del norte de Europa, pero hasta ese momento solo tenía la certeza de tres cosas: que en Rusia hace un
frío que helaría los huevos al mismísimo Big
Foot, los rusos
mucho beben tan seguido vodka que siempre van borrachos y, por último, que los
rusos fueron comunistas pero de la tienda de todo a 100 pesetas, o como se dice
ahora, “los chinos”. Perdonadme, vengo de otra
época y planeta. En fin, que yo pensaba todas estas gilipolleces de los rusos y
cuanto indagué un poco me di con un canto en los dientes al comprender lo
alineada que estaba por un pensamiento casi
“pro-Trump”. Afortunadamente, Svetlana Alexievich hizo
su aparición pertinente con La guerra no
tiene rostro de mujer, liquidando muchos de los mitos que con tanta
fuerza habían acabado echando raíces; esta es la versión corta de cómo Omaira
Galeano descubrió la literatura rusa.
