Siempre me ha llamado la
atención la brujería, pero no considero que me guste como tal. Es
cierto que hay temas dentro de la brujería que me interesan mucho, como
la historia de la brujería precristiana del noreste de Estados
Unidos y del territorio que hoy por hoy llamamos "Rusia", pero no práctico esas creencias e
imagino que no tendré alguna especie de crisis religiosa-mística que me lleve a creer en ellas porque considero que ambas sólo me
interesan solo a nivel cultural y, en menor medida, literario. La
brujería como un todo en uno no es un tema que pueda abordar
cómodamente y del que hablar larga y tendidamente. En terrenos
esotéricos existen otras cosas que suscitan mayor interés para mí,
lejanas a las esferas de comprensión humana. Por eso no siento la
brujería muy cercana a mi, ya que pensar en asuntos de índole tan
mundana provoca en mi deseos irrefrenables de escapar, mientras que
si reflexiono sobre mecanismos que jamás podré comprender por mi
condición humana experimento una extraña paz que no espero que
nadie comprenda.
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sábado, 10 de diciembre de 2016
sábado, 25 de junio de 2016
Los rusos llegan a estos lares
Llevo casi un par de meses obsesionada con ese gran país del norte de Europa, pero hasta ese momento solo tenía la certeza de tres cosas: que en Rusia hace un
frío que helaría los huevos al mismísimo Big
Foot, los rusos
mucho beben tan seguido vodka que siempre van borrachos y, por último, que los
rusos fueron comunistas pero de la tienda de todo a 100 pesetas, o como se dice
ahora, “los chinos”. Perdonadme, vengo de otra
época y planeta. En fin, que yo pensaba todas estas gilipolleces de los rusos y
cuanto indagué un poco me di con un canto en los dientes al comprender lo
alineada que estaba por un pensamiento casi
“pro-Trump”. Afortunadamente, Svetlana Alexievich hizo
su aparición pertinente con La guerra no
tiene rostro de mujer, liquidando muchos de los mitos que con tanta
fuerza habían acabado echando raíces; esta es la versión corta de cómo Omaira
Galeano descubrió la literatura rusa.
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