Mostrando entradas con la etiqueta colmillo blanco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colmillo blanco. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de marzo de 2017

Ni lobo ni perro: Colmillo Blanco


Uno de los principales responsables de que haya percibido cierto progreso a la hora de saber qué quiero encontrar una novela es Jack London. Pero también gracias a él he contestado diversas preguntas sobre mi misma que imaginaba que quedarían sin respuesta más tiempo. Esas respuestas a veces han sido dolorosas, causantes de intensos ataques de ira que han logrado hacerme enloquecer por unos instantes, pero también hay ocasiones en que las respuestas han resultado ser esperanzadoras, llevándome con frecuencia a desear la sencillez de una vida que, en realidad, me resulta inalcanzable. Siempre me da la sensación que las contestaciones que London emite a sus lectores sobre la vida y las experiencias referidas a ella permanecen imbuidas de una sincera tristeza que surge de la incapacidad de conocer cómo nutrir el barro seco y agrietado del que están compuestos una minoría de sus acólitos. Este sentimiento es el mismo que experimento cuando analizo con profundidad algún aspecto de mi carácter y creencias tras interpretar sus palabras, y entonces sé que es demasiado tarde para moldear algunas partes de este trozo el barro que constituyo. Continuamente, London emite en Colmillo Blanco que aquellos que son enemigos de nuestras respectivas especies deben vivir lo mejor que puedan con esta certeza, y que esto en ningún caso ha sido por elección. Tampoco existen posibilidades de evitar el trauma a aquel que percibe con mayor habilidad que el resto del reinado de los hombres de que a este mundo se viene a sobrevivir, y la mayor parte del tiempo estamos solos en la selva. También London, un antiguo «dios de carne» convertido ahora en polvo, fue un enemigo para la gente de su tiempo. Buscó al igual que todos una forma de escapar de esto hasta el fin de sus días, pero sin lugar a dudas comprobó que no existían soluciones atemporales y efectivas para cesar esta lenta destrucción avocada a la locura pero que, cuerdos o locos, terminará por arrojarnos a todos a las fauces de la muerte. Y es que London siempre acaba imponiendo en sus historias la visión materialista en la que, miserables o mártires, todos convergeremos al mismo punto. Perfectamente sabemos, o conocemos, que tenemos un final común en este espacio construido sobre el gran Tiempo, así que ¿a caso algo de lo que he dicho importa? ¿A caso creéis que voy a caer en la necedad de aceptar el bárbaro idealismo que domina nuestros días, o en el desfasado espiritualismo de los viejos tiempos? Señores, yo digo que sigamos caminando a luz de gas en la oscuridad hasta que el fermento cese de serlo.
El mundo no era todo libertad, para la vida había ciertas limitaciones y restricciones. Estas limitaciones y restricciones eran la ley. Obedecerla era evitar el dolor y buscar la felicidad […]clasificó las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y después de aquella clasificación evitó las cosas dolorosas, las restricciones y los frenos para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida”Pág. 75. 
En Colmillo Blanco, el autor analiza de manera minuciosa a través de la vida de un híbrido entre lobo y perro diversos aspectos de existencia de los seres, desde el miedo y la fascinación hacia aquellas cosas desconocidas y salvajes del exterior hasta la adquisición de la consciencia de individuo junto al dominio de inclinaciones naturales y deseos primigenios que el mestizo se niega a si mismo por otro instinto más poderoso, el de la lealtad, aquella que le une a los dioses compuestos de carne, envases de gran poder y odio, llamados seres humanos.
Reconozco que ha sido una lectura muy intensa de principio a fin, pues la evolución de Colmillo como individuo y todas las certeras verdades que el autor lanza respecto a su existencia no dejan de ninguna manera indiferente, un efecto que a mi entender debe resultar más impactante en la adolescencia. Pero la historia de Colmillo Blanco en realidad se inicia mucho antes de que el mestizo exista, antes incluso de que el instinto de reproducción aparezca en un viejo lobo endurecido por la vida y una perra que ha escapado de los indios. Así, London presenta en la primera parte a los futuros padres de Colmillo cuando, famélicos, echan al traste junto con otros lobos una expedición de dos hombres en las vetustas e ignotas arboledas de Canadá. El rastro de la carne es un capítulo muy interesante a distintos criterios narrativos y, además, es el que considero más revelador de esta primera parte gracias al impresionante despliegue descriptivo con el que London hace experimentar al lector la insignificancia de los seres vivos en un entorno hostil y desconocido que cada segundo lucha por devorar la vida en movimiento porque la detesta, porque para este otro tipo de vida la nuestra es extraña, anormal e indeseable.
No es necesario realizar ningún esfuerzo para creer en tales dioses [los seres humanos]; ningún esfuerzo de voluntad puede inducir a la falta de fe. No hay forma de huir de ellos” Pág. 109.
Podemos considerar la primera parte de la novela como una especie de relato, ya que a mi criterio funcionaría muy bien de manera independiente. Luego es donde yo considero que empieza el hilo narrativo que nos ocupa, es decir, el referido al cánido. En la segunda parte es cuando London deja de centrarse en lo general para pasar a lo concreto, la disección de los sentimientos de los lobos y sus respectivas conductas destacando siempre el papel que desempeñan cono individuos en manada o la estructura que nosotros calificamos de familiar. El autor empieza a hablarnos de la consciencia, un tema apasionante que, irónicamente, me resulta interesante desde cualquier perspectiva filosófica, siempre que esté bien expuesto, obviamente. Y, en este caso, como no podía ser de otra forma en London, es desde la perspectiva materialista. Enseguida aparece en instinto de individualidad en el pequeño Colmillo, y se descarta al mismo tiempo cualquier pensamiento intangible que no esté estrechamente relacionado con lo cognoscible. En ningún momento de la novela Colmillo se pregunta quién era antes de nacer o qué será después de morir, ya que tampoco sería lógico teniendo en cuenta el casi inexistente nivel de humanismo del animal. Aprovechando al límite la naturaleza de su protagonista, London explora los distintos juicios a través de la tercera persona, opiniones irrefutables que podría emitir cualquier materialista de la época del californiano, solo que este último lo combina con su precioso estilo y maestría a la hora de analizar sensaciones y sentimientos, logrando un grado de realismo apabullante.
La vida vive de vida. Se encontraban los que devoraban y los que eran devorados. La ley era: devorar o ser devorado. Él no formulaba la ley de forma tan clara ni establecía los conceptos ni moralizaba. Ni tan siquiera pensaba en esta ley; tan sólo vivía la ley sin pensar en ella” Pág. 92.
En la tercera parte de la novela es la más trabajada, sin embargo, la que más me gustó a mi fue la cuarta, y ahora comentaré el porqué. Cuando la vida en el bosque se hace insostenible, Colmillo Blanco se integra en un poblado indio nómada en el que descubre con más profundidad algunos sentimientos que ya había conocido en sus primeros paseos buscando alimento y diversión, pero otros muchos sentimientos, sobre todo los negativos, los adquiere por primera vez entre los aborígenes. Apunta London certeramente al principio de la tercera parte que los seres humanos son lo desconocido materializado en carne y hueso. Los dioses de carne ejercen su voluntad sobre los débiles, porque la realidad es que consideramos a los animales herramientas o artilugios que podemos destrozar, pisotear y golpear cuando es necesario para seguir viviendo nosotros. Colmillo sabe perfectamente que renunciando a una parte de él y dejando que la posea su dueño indio, Castor Gris, está procurándose más posibilidades de sobrevivir que en el bosque, ya que hay más posibilidad de supervivencia entre aquellos que tienen que elegir una razón para destruir una herramienta que en la selva boscosa, a la cual no le importa que la vida en movimiento muera, de hecho lo desea, porque al devorarla perpetua su ciclo de la vida.
A. Ayerbe

El mundo se muestra cruel, feroz y mortal para Colmillo Blanco, no se puede cambiar aquello que ha nacido para para destripar, comer y seguir corriendo. Es la ley natural de los seres vivos, así que Colmillo acepta esta certeza sin saberlo, y se une a la matanza porque no hay elección; lo único que puede hacer es ser el mejor según lo que el medio le ofrece. Finalmente, Colmillo Blanco se convierte en el perro más fuerte e inteligente de todo el asentamiento, eliminando de forma gradual todas sus debilidades. Al final de la tercera parte es un perro violento, solitario y hosco que se mueve por pura inercia de vivir; no conoce el amor, e incluso la paz es un concepto ajeno para él. La lealtad solo permanece dentro de él porque con ella puede acceder al calor de una buena hoguera, grandes dosis de carne y la venganza satisfecha al llevar ocasionalmente un derramamiento de sangre de sus viejos enemigos de la infancia.
Para las criaturas simples, el bien y el mal es algo que puede ser entendido con facilidad. El bien se encuentra en las cosas que reportan comodidad, satisfacción y la superación del dolor. Por tanto, a todo el mundo le gusta el bien. El mal se encuentra entre las cosas que están ellas de dificultades, amenazas y dolor, y es repudiado en consecuencia” Pág. 167.
Así llegamos a la cuarta parte, en la que se produce un cambio en el origen del poder al que le debe lealtad Colmillo Blanco. Es en estas páginas cuando vemos la humanidad más corrompida, donde con mayor facilidad comprobamos que el ser humano utiliza todo lo que está vivo y puede matar para sus innobles beneficios, que ahora van más allá de la supervivencia. London hace una tremenda crítica al maltrato animal desde una perspectiva novedosa y rompedora para la época. Lo más parecido a lo que London realiza en la cuarta parte es la novela Belleza Negra de Anna Sewell, donde la autora realiza una gran labor de concienciación hacia los pésimos cuidados que procuramos a nuestros animales. Pero Sewell escribe su novela intentando cambiar el pensamiento general en un tono amable y sencillo, London nos ataca con brutalidad de Colmillo en las peleas ilegales y sin pelos en la lengua, nos llama de todo a los seres humanos mediante el personaje de Guapo Smith, y luego hace su crítica airada. Intenso, auténtico y único; ese es el maldito Jack London y sus magníficas historias.
Geoff Taylor

Con la culminación de la brutalidad entra en la historia el buenazo de Weedon Scott, y con él esta adopta un cariz más amable y tierno, y es por otras cuestiones que la quinta parte se convierte en mis páginas predilectas. Como con El lobo de mar, me pasa que siento que las cosas podrían haber desembocado en un punto más dramático, pero London prefiere mantener un dramatismo medio hasta el final a riesgo de excederse demasiado. Esto no me parece mal, de hecho para mi es preferible que quede así a romper todo el drama con un exceso del mismo, y es digno de admirar cómo Colmillo Blanco mantiene siempre una regularidad en la intensidad dramática. En la última parte se produce una deconstrucción, aunque London no cae en la absurda idea de que el barro puede volver a moldearse con la misma facilidad cuando ha pasado tanto tiempo seco. Esa idea la mantiene presente hasta el final, y me pareció el broche perfecto para cerrar una vida tan inolvidable como la del mestizo.
Para mi Colmillo Blanco es una novela que habla de aquellas cosas que nos causan incertidumbre a los seres humanos, y de aquellas que a los jóvenes nos trae especialmente de cabeza. Algunos no sabemos qué nombre poner a estos extraños pensamientos, pero están ahí, retándonos, y alguna a vez han sido la causa de más de una noche en vela. Por eso animo a profesores y padres a que hagan el favor de que sus hijos lean esta novela para que las preguntas que se formulen nuestras próximas generaciones no queden sin respuesta. ¡No veo el momento de recomendarle a mis futuros hijos que lean a Jack London! Cada tema de Colmillo Blanco sigue siendo de interés actual, y con más de cien años a sus espaldas no ha envejecido ni un pelo.
Y durante todo aquel tiempo, la loba permaneció sentada sobre sus ancas sonriendo. La batalla la alegraba de alguna extraña forma, ya que aquello era el amor en lo salvaje, la tragedia del sexo del mundo natural que era tan sólo tragedia para aquellos que morían. Para los que sobrevivían no era una tragedia, sino un logro y un éxito” Pág. 52.
Si sois los que como yo no teníais pensado leerla jamás, os prometo encontraréis una historia de la que podréis sacar grandes enseñanzas para afrontar el día a día con más sencillez y humidad, y que, cuanto menos, os hará reflexionar. Aquello que siempre deberíamos buscar en la literatura.
Nos vemos 💜.
portada: foto del maravilloso félix rodríguez de la fuente y un lobo

domingo, 5 de marzo de 2017

Focas y filosofía: El lobo de mar


Y yo me preguntaba unos años atrás al reparar en la existencia de Jack London cómo sus obras habían llegado a mi tan tardíamente. Tal vez la causa de que en un primer momento no le tuviese en cuenta residía en el hecho de que estaba inmersa en literatura de corte más fantástico, esas ensoñaciones y elucubraciones que son parte de todo cuanto yo soy. Así creo que acabé relegando a Jack London a un segundo plano hasta hace apenas una semana, cuando un día sin saber porqué mi imaginación despertó rogando leer a London con ansia. ¡Qué clase de fuerzas habitan en las extrañas regiones del subconsciente, que nos empujan a revivir las pasiones que creímos haber aniquilado!
A decir verdad, la principal válvula de escape de la melancolía ancestral ha sido la religión en sus formas más atormentadas. Pero el consuelo de semejante religión le ha sido negado a Lobo Larsen. Su materialismo brutal no puede admitirlo. Cuando la melancolía se apodera de él no le queda más salida que la maldad. Si no fuese un hombre tan odioso, le tendría lástima […]. Era una criatura atávica, un hombre tan genuinamente primitivo como los que vinieron al mundo antes de desarrollarse la conciencia moral. No era inmoral; simplemente carecía de moral” Pág. 81. 
No sé si habéis reflexionado sobre ello alguna vez, pero percibo a Jack London como uno de los mayores conocedores de la vida en su forma más primitiva, con el poder de plasmar en el papel esa mística relación establecida en muy pocas ocasiones entre el ser humano, tras adquirir cierto grado de consciencia, y la naturaleza. A mis ojos, London es la persona más indicada para relatar los contactos más íntimos que una persona es capaz establecer con el mundo primigenio en la modernidad, y seguramente continué describiendo sus experiencias a los jóvenes onironautas en sus sueños.
Y es cuando, cautivos en el Ghost y surcando las aguas del Pacífico, London nos lleva a revisitar de forma minuciosa los senderos trazados en esa extraña materia que supuestamente separa a los seres humanos del resto del resto de la Creación, es decir, la mente; el cogito. Revisamos gracias a Humphrey van Weyden todas las pasiones e inquietudes de los hombres y mujeres de principios del siglo XX desde un punto de vista idealista y materialista, porque la historia de El lobo de mar nos la cuenta un naufrago que resulta ser un acomodado crítico literario rescatado de las fauces del océano que se mete en un lio aún mayor. Humphrey van Weyden pasa a ser un cautivo, y más tarde grumete por obligación, en un barco que caza de focas ilegal. Nadie, es especial su capitán, le tratará como un caballero de posición elevada, sino como lo que realmente es: un hombre que no sabe sostenerse con sus dos piernas.
Pues los vivos saben que han de morir, mas los muertos nada saben, ni esperan recompensa, y su memoria ha quedado sepultada en el olvido” Pág. 87.
En El lobo de mar hay un apasionado conflicto entre el bien y el mal, pero lo mejor es que este va mucho más allá de la zona de confort del lector actual. Sabéis de sobra que el mal y el bien han sido descritos de mil formas distintas en la literatura, sólo en la ficción han llovido duros vilipendios hacia las acciones llevadas a cabo por la maldad, y si no mirad el odio generalizado hacia los maravillosos personajes de Cumbres Borrascosas; las acciones del otro tipo, llevadas por el bien, se han glorificado aunque seguramente la mitad hayan sido ejecutadas con la usual e hipócrita filantropía moderna. Y todos permanecemos felices con esta simplificada dicotomía que creemos que rige el universo. Patético.
Todo cuanto las clases sociales mejor posicionadas creemos pensar por nuestra supuesta cualidad de individuos únicos e irrepetibles ha pasado antes por un colador, y al final tan solo nos son implantados aquellos juicios que ha pasado la prueba de fuego, el colador, una medicación placentera contra la realidad que nos suministramos mediante la adquisición de bienes materiales y las distracciones oportunas. El concepto eternidad nos hace guardar la esperanza de que nuestro cuerpo es el envase de un alma que trascenderá esta ciénaga infesta para arribar a un lugar en donde todo es inmutable y eterno. Pensar este tipo de cosas sin una base material lógica está bien, cualquier ser humano con dos dedos de frente debe creer en que hay algo que trasciende los límites de la vida, incluso si este concepto o cosa son prácticamente desconocidos para él. Hay ilusos que creen que el amor es eterno tanto en espacio como en el tiempo, y otros que el universo es infinito. 
Pero si no crees en la eternidad, si la mención del alma te provoca ganas de reír y niegas lo inmutable y eterno, entonces eres tildado de pesimista, y tu opinión no se debe ser considerada. Los idealistas liberan su mugre mientras se burlan de aquellos que dicen que todas esas ideas de las que partimos para emitir nuestros juicios son falaces verdades. No es difícil llegar a la conclusión de que los seres humanos siempre preferiremos no saber qué somos en este enorme y complejo mecanismo universal porque resulta más cómodo abismarnos en infructuosas fantasías y en distracciones banales. Así podremos seguir durmiendo por las noches y por el día continuar la perduración de esta decadencia en la que nos arrastramos como cadáveres en descomposición al servicio de unos cuantos titiriteros.
La tierra está colmada de brutalidad como el mar de movimiento. Algunos hombres no soportan más aquello que esto” Pág. 59. 
Pero lo que pretendo decir mediante esta pobre exposición sobre la confrontación que se produce entre las doctrinas filosóficas idealista y materialista en El lobo de mar es que socialmente el materialista siempre va a salir perdiendo, y será considerado un pesimista cuya visión está ligada a la subjetividad de sus trágicas experiencias, ¡nada más lejos de la realidad! Aunque le duela a este mundo plagado de idealistas (sin conciencia de que lo son, como yo hasta ahora) en un constante statu quo, toda la ciencia es indudablemente materialista. No se apoya en munditos de ideas o creencias religiosas o falsos ateísmos, sino que empieza a construir con humildad desde la nada. El materialista siempre está dispuesto a partir desde cero, se muestra lejano del sentimentalismo ligado a las creencias previas, preparado en cualquier ocasión para tirar abajo el viejo edificio y construir uno nuevo si así puede conocer mejor la materia que envuelve a los seres humanos. En resumidas cuentas, los materialistas son los seres más cercanos a mi concepto de libertad, y creo que sólo hay dos formas de lograr ser un materialista: la primera es alejándose los aspectos idealistas que nos rodean, harto complejo porque ya os digo que vivimos en un mar de mentiras, y la segunda es de la manera en la que lo hace Lobo Larsen.
Fíjate en esa palabra. "Lobo"; un lobo, eso es lo que es. No es que tenga un corazón de piedra como tantos otros, es que no tiene corazón. Un lobo, exactamente un lobo, eso es lo que es” Pág. 52. 
Os digo en serio que no busqué encontrar en El lobo de mar algún conflicto filosófico de tal calibre, porque ninguna reseña española sobre la novela mentaban directamente este aspecto. Fue toda una sorpresa encontrar en Jack London un ingenioso escritor y pensador capaz de procurar al lector deliciosas conversaciones sobre el alma, cómo imponemos la voluntad de poder sobre otros de nuestros congéneres, la responsabilidad de nuestras acciones y de qué maneras las sobrellevamos, y, como no, un gran discurso sobre la inmortalidad que viene a relación con el tema de la dichosa alma.
Cada personaje principal porta el estandarte de doctrina filosófica pertinente, siendo Humphrey van Wayden el representante de idealismo junto con Maud Brewster, la novelista que aparecerá unos capítulos más adelante y principal eje del conflicto pseudoromántico. Lobo Larsen, el protagonista, rápidamente es adscrito a la doctrina materialista. Es entonces cuando todo este tinglado comienza a ponerse interesante. Podría haber sido un libro decente de aventuras sin la parte filosófica, pero todo lo que London expone en esta novela ha provocado que se inicie dentro de mi un gran giro en mi pensamiento.
Si bien es cierto que estoy leyendo un libro sobre la historia de las filosofías materialistas bastante asequible para otro proyecto, London acerca la filosofía a todos sus lectores de tal forma que un adolescente es más capaz de entender qué narices es el idealismo, materialismo e incluso nihilismo a través de El lobo de mar que de su libro de texto de segundo de bachillerato que sólo merece arder en la hoguera.
 “Aunque tenía una constitución maciza, de anchos hombros y pecho amplio, su fuerza tenía una calidad diferente. Era una fuerza nervuda, nudosa, la que atribuimos a los hombres flacos y enjutos […]. Era la clase de fuerza que solemos asociar a lo primitivo, con las fieras salvajes y nuestros arquetipos trepadores; un atroz, indómito vigor que vive por sí mismo, la esencia de la vida en cuanto a potencia motriz, la materia elemental en la que han sido moldeadas por distintas manifestaciones de la vida; en una palabra, lo que se contorsiona en el cuerpo de la serpiente decapitada, cuando la serpiente como tal está muerta, o lo que persiste en un pedazo informe de carne de tortuga que se estremece y rebulle al tocarla con el dedo” Pág. 24.
Vamos pues a comentar esa filosofía desglosando los personajes principales. Lobo Larsen es el capitán del Ghost, goleta en la que tiene lugar tres cuartos de la acción, y como carta de presentación Jack London trae a un tipo metido en una pelea a muerte con su segundo oficial. Hay una cosa que el autor sabe hacer muy bien, y es que precisamente sabe jugar con las primeras impresiones del lector como un maestro. Yo ya me imaginaba por donde iban a ir los tiros hasta que Lobo Larsen decide sacar a la luz su aspecto intelectual. ¿Pero cómo puede ser un hombre culto si hace unas páginas había matado a puñetazo limpio a un hombre demostrando al mismo tiempo su superioridad sobre el resto de la tripulación apelando a los instintos animales? Y London lo vuelve a hacer, es decir, nos convence de que dentro de la violencia primordial que habita en ese hombre hay una sensibilidad incuestionable. Pero más incuestionable e impresionante es que Jack London presenta un personaje potencial en menos de cincuenta páginas, repito en menos de cincuenta páginas.
Lobo Larsen es desde ya uno de mis personajes favoritos de la literatura por muchas razones personales, y la principal es que es más interesante de conocer que muchos seres humanos tangibles de este siglo. Pero es que Lobo Larsen, además de ser más auténtico que muchas criaturas humanas, es un condenado como yo, y su condena es la misma que la mía: ser Lobo Larsen y no querer cesar de ser ese hombre que él mismo está construyendo, ese hombre que es frialdad y pasión al mismo tiempo. Lobo es el Calibán de Shakespeare, o el diablo de Milton, que ha formado su personalidad mediante un método autodidacta sirviéndose de sus experiencias y lo que éstas le han aportado unidas a los textos de Darwin, Haeckel, La Mettrie, Tennyson, De Quincey, Proctor y muchos otros más. Puede dar la impresión de que London critica los riesgos y consecuencias de que una persona se eduque a si mismo, pero todo es cuestión de perspectiva, y yo disiento airosamente de que London ponga de conclusión las consecuencias negativas del método autodidacta, porque él mismo fue uno de nosotros.
Sólo por un capricho te mantengo a bordo de este barco donde la inmundicia medra. Y pienso retenerte. En mi mano está que te vayas a pique o te abras camino. Quizás mueras hoy, esta semana o el mes que viene. Podría matarte ahora mismo de un puñetazo, porque eres un miserable enquencle. Pero si somos inmortales, ¿para qué? Si fuese cierto que somos inmortales, no habríamos llevado una vida tan abyecta. Y a pesar de todo, ¿qué significa todo esto? ¿Por qué te retengo aquí?" Pág. 49.
El autor se muestra bastante objetivo con las acciones que llevan a cabo Larsen y Humphrey, si bien es cierto que a veces esa objetividad se inclina a meter cizaña en las faltas mientras recuerda al lector que tanto Larsen, que niega que la moral sea un concepto inherente a él, como Humphrey, con esa tendencia de reducir todo a justicia o derecho, no dejan de ser personas en cuyo carácter residen cualidades que podríamos calificar de notables en menor o mayor grado.
Humphrey es el que representa al hombre que ha logrado adquirir finalmente la cualidad de independencia sin servirse del dinero o de segundos, y ello trae cierto tipo de consecuencias muy concretas. El personaje acaba conociendo de cerca el abismo de los vicios, aspiraciones y excesos de los marineros con los que ha convivido Lobo Larsen toda su vida. En Humphrey hay una evolución muy excelsa, que él mismo reconoce en diversas ocasiones, mientras que en Larsen no hay evolución de ningún tipo. Su carácter mantiene una continuidad desde el principio hasta el final de la novela, pero lo que resulta interesante es cómo London va descubriendo al personaje, y es irónico que sea el idealista en el cual se operen cambios significativos mientras que el materialista permanezca en sus trece. Eso es lo realmente nos lleva a cuestionarnos a los lectores avezados porqué Larsen resulta un personaje tan interesante a pesar de que su pensamiento siga una línea invariablemente materialista siempre. La respuesta para mi es que, además de que jamás se avista una conducta errática en él, es un hombre fascinante, maduro, hecho y derecho. Observando su biblioteca personal nos cercioramos de que ha llegado al más alto grado de evolución, es decir, que es imposible que él mejore más sus cualidades como individuo. Como podréis presuponer por la época de London, sí, este está jugando con ese súperhombre que Nietzsche había dejado patente en sus papeles, y sí, Lobo Larsen es la proyección de dicho concepto. ¿Y esto repercute negativamente para el lector? Pues la verdad es que a mi parecer hace la novela aún mejor. Es tremendamente difícil plasmar parte de una doctrina filosófica sin que quede un panfleto de la misma. Hay que entender muy bien la raíz de una idea para llegar a hacer un personaje complejo cuyas conductas reflejen dicha doctrina sin hacer una parodia. London deja patente en El lobo de mar que sabe de lo que habla, el ideal del hombre moderno creado por Nietzsche lo personifica mediante Lobo Larsen, mientras que Humphrey representa el hombre clásico, el caballero bonachón idealista, que defiende las causas justas y las acciones llevadas por la necesidad de imponer el bien sobre el mal.
Eres como el rabihorcado que desde las alturas se lanza sobre los incautos para quitarles su pesca. Perteneces a esa multitud de hombres que han creado lo que ellos llaman un gobierno, que sojuzgar a sus semejantes, y que se alimentan con lo que otros obtienen del esfuerzo y también querrían disfrutar[...]. ¿En qué pararía tu jactanciosa inmortalidad si tu vida se convirtiera en un estorbo para mí?” Página. 48.
El interés amoroso y todo lo que repercute en la novela es lo que más fría me ha dejado. Yo considero la aparición de la dama innecesaria, en contraste sentí gran necesidad de que se tratara el tema del amor. London podría haber resuelto este conflicto entre protagonista (Larsen) y antagonista (Humphrey) quitando a Maud Brewstery  mostrando a Muerte Larsen, el cual a todos nos hubiera gustado conocer para descubrir más sobre la familia Larsen. Eso hubiese sido un buen hilo conductor, y no cincuenta páginas de Maud y Humphrey en una isla abandonada intentando sobrevivir a costa de las focas, que por cierto me encantaron esas páginas. No creo que sea incompatible mi deseo de quitar toda esa parte con que me haya parecido hermosa y profunda, pero comprended que yo le hubiese metido un buen tijeretazo para que los hermanos Larsen se hubiesen encontrado frente al lector, y no de boquilla. Seguramente si las circunstancias de London en 1904 hubieran sido diferentes...¡quién sabe! El triángulo amoroso que se establece con Maud no resulta cargante, pero sí idealizado, por lo que me fue bastante indiferente toda esta amalgama sentimentaloide que poco aportó a la trama superficialmente más que unas críticas bastante directas por parte de London a la falsa visión que ya se daba al amor en aquella época. Como he dicho, el tema del amor podría haberse tratado entre Larsen y Humphrey de una manera muy interesante, y no precisamente estoy hablando desde un punto de vista romántico. Hay una escena en la que Larsen está desnudo y Humphrey siente algo cercano a fascinación física por el capitán, y es que ni yo hago descripciones tan bellas en mis momentos de mayor debilidad con mi caballero victoriano. Por eso digo, London, estés donde estés, yo quiero que en algún sueño me vuelvas a contar esa parte de El lobo de mar como debería haber sido. Si McCullers lo llega a saber...
A veces también me gustaría estar ciego a las realidades de la vida y conocer tan sólo sus fantasías e ilusiones. Son falsas, por supuesto que son falsas, y contrarias a la razón; pero la razón me dice que, por falsas que sean, soñar y vivir fantasías siempre proporciona más placer. Al fin y al cabo, el placer es el jornal de la vida. Vivir sin placer es un acto inútil [Hola Epicuro, ¿qué tal?]. El trabajo de vivir sin ninguna retribución es peor que la muerte. El que más goza vive más, y sus sueños y fantasías son más gratificantes para ustedes que los hechos para mi […] Les envidio con la cabeza pero no con el corazón. Mi razón hace que les envidie. La envidia es un producto intelectual, y yo soy como el hombre sobrio apesadumbrado que ve unos borrachos y también quisiera estar borracho” Pág. 169. 
Por último, y no me gusta hablar de estas banalidades, pero viendo la cantidad de prejuicios que hay hacia El lobo de mar (al menos en el sector inglés) voy a informaros que la novela tiene un ritmo regular, y el lenguaje marítimo no resulta muy difícil de seguir. Os puedo asegurar que tras leer la novela sabréis como poner un buque al pairo sin problemas. Sumado a esto, confieso que el estilo de London no me ha parecido ni muy enarbolado ni sencillo al nivel de Teo va al parque, por lo que creo que es una novela ideal para iniciarse en el mundo de los clásicos, a ver si así cuando voy a la biblioteca no los tienen en el depósito y no tengo que mediar palabra con el bibliotecario de turno. 
Poco más puedo decir sobre El lobo de mar más que yo la considero una excelente novela con la que empezar a leer al autor. Jack London ha superado todas mis expectativas, y en el futuro me encantaría traeros reseña de La llamada de lo salvaje, El vagabundo de las estrellas y Colmillo blanco (entre otras). Me parece que este año leeré todo lo más importante de London, a ver si puedo encontrar en sus personajes un poco de mi querido Lobo Larsen y de mi en ellos. ¡Y por cierto! Lobo Larsen no tiene barba ni bigote, así que señoras...láncense a por este placer estético que tan arraigado se encuentra en la literatura de aventuras.
En algún rincón de aquella tumba de carne habitaba aún el alma del hombre” Pág. 261.
Nos vemos 💜.