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domingo, 10 de septiembre de 2017

La pasión desatada: Anna Karénina


Si pensámos en una historia que resuma la segunda mitad del siglo XIX ruso indudablemente nos viene a la mente Anna Karénina. Antes de leer la novela me preguntaba hasta qué punto consideraría certera esta afirmación, y mientras leí Anna Karénina reconozco que mostré bastante escepticismo. Pero varias semanas después de terminar la novela vuelvo a preguntarme por centésima vez si es cierto que Anna Karénina es una novela tan representativa, y mi respuesta es sí, que realmente es la novela rusa decimonónica. No niego que sigo pensando en cómo una novela que a penas supera las mil páginas puede mostrar tantos aspectos de una época y al mismo tiempo contener tanta universalidad. Es cierto que este punto me lo cuestiono más con Crimen y Castigo, pero también con Anna Karénina. No es parte crítica de la novela sino la emocional la que transforma a Anna Kárenina en un clásico, es ésta la que suscita nuestro entusiasmo lector y nos mueve a hacernos preguntas de toda clase. Porque todos hemos amado con la violencia de Anna o la inocencia de la princesa Kitty, y hemos sido arrastrados a un estado febril al perder a la persona amada; todos hemos sentido en algún momento que han jugado con nuestras emociones; todos hemos experimentado la sensación de flotar en vacío al creer avanzar un camino sin retorno, en un sendero en el que parecían aguardarnos tan solo las penas, y la alegría era una mera ilusión. Todos, todos hemos alumbrado la posibilidad quitarnos la vida antes de seguir. Es la cara negativa de vivir.
Empecé este libro a principios de septiembre del año pasado y lo finalicé a mitad de agosto de 2017 con la consiguiente relectura de la parte que leí en 2016. Es una novela que gana con relecturas, pero aún así no puedo decir que Anna Karénina sea la mejor novela rusa que podéis leer, porque yo misma lo siento así. De manera objetiva os diré que es de lo mejorcito que podéis brindarle a vuestras mentes, pero si me pedís una opinión sincera os diré que no, y ahora veréis la razón.
Bajo mi punto de vista, la novela contiene dos tramas principales y diversas subtramas. Por una parte las más importantes: la infidelidad de la esposa de un alto funcionario petersburgués y el drama amoroso de un joven terrateniente de ascendencia moscovita con la hija menor una de las familias aristocráticas más importantes de Moscú, la princesa Katerina A. Shcherbatsky. Mucho se ha discutido sobre si ambas tramas son completamente independientes o si dependen la una de la otra, y en mi opinión la trama de Anna Karénina está subordinada en gran medida a la de Konstantin Levin, es decir, que la existencia del personaje de Anna no tendría una verdadera justificación si Konstantin Levin no existiera, al menos tal y como planteó Tolstói este complejo tinglado al principio. Porque Anna es un personaje secundario que tiene una importancia justa hasta que Vronsky, su futuro amante, abandona el cortejo de la princesa Kitty, personaje del cual está enamorado Levin, por la conquista de Anna. Así, para mi la historia de Anna “giraría” en torno a un núcleo común, Levin, lo que no quiere decir que en una visión general de la obra la trama que más relevancia contenga sea la de Konstantin Levin, pero también depende de qué califiquemos como relevante. Si hablamos de la crítica al sistema jurídico rural y al sistema educativo del campesinado, entonces apuntamos dos tantos a Levin. Pero si hablamos de sentimientos y de lo que es ser una mujer apasionada en una sociedad hipócrita y frívola, entonces apuntamos a Anna Karénina. Todo depende del prisma, y Anna Karénina, como clásico universal que es, se puede ver desde diferentes puntos de vista. En cuanto a las subtramas, para mi dependen del personaje con el que estén relacionadas. La trama de la familia Oblonsky, los Shcherbatsky, la de Nikolai Levin y la de Sérgei Koznishev dependen directamente de Levin, mientras que la de Alekséi Karenin y la del conde Alekséi Vronsky dependen completamente de Anna. 
Como podéis suponer es bastante complicado hablar toda esta dramatis personae. Hay tantos y tan variados personajes que si intentara comentar aspectos de todos me quedaría en simples calificativos que podría aplicar a cualquier personaje de cualquier libro, por eso me quedo en los personajes más relevantes de la novela. 
Anna es el personaje que más sentimientos encontrados suscita a los lectores, y si os soy sincera he comprendido gran parte de sus decisiones. No quiero decir que las justifique, digo que entiendo sus decisiones basándome en sus sentimientos por otros personajes y en su contexto personal y general (de la época). ¿Quién se atrevería a decir que no habría actuado de la misma manera en una situación similar? Anna es una mujer avanzada para su época, y es difícil ser así para una mujer incluso en el siglo XXI. Quedarse sólo con que a partir de su huida del hogar Anna solo se convierte en una mujer emocionalmente dependiente de un hombre mediocre y estúpido sería quedarnos con una imagen distorsionada de lo que realmente muestra Tolstói de este personaje al lector. Porque, claro, no podemos esperar nada más que aspectos negativos de una mujer que por puro egoísmo abandona a su marido y a su hijo, ¿verdad? Si ni siquiera el regente de la Moral en la Rusia de los zares pensaba así menos derecho tenemos el resto a quedarnos en juicios tan obtusos. Anna comienza a adquirir una educación a través del método autodidacta tras su huida, se convierte en una mujer culta, inmensamente superior a su marido y a su amante en todos los campos que tocantes el arte: música, pintura, literatura, ect. Y a diferencia del caso de Emma Bovary, con Anna podemos decir que su atractivo espiritual supera con creces el físico, porque Anna posee una sensibilidad impresionante que la lleva a ser idolatrada incluso por aquellos que saben que porta la marca del adulterio, de la ignominia, como Kostia Levin. ¿Y quién no se ha sentido alguna vez como Anna antes de quitarse la vida? Alguien habrá, sí, pero no soy yo esa persona. Anna Karénina no es un personaje que calificaría de feminista como tal pero promueve la emancipación femenina en una época en la que esto estaba a un nivel semejante al de afirmar que eras la concubina del Hombre Negro.
Casi como una antítesis del Anna Karénina está Konstantin Levin, el joven tímido e inocente que busca el amor de la princesita Kitty. Un personaje que suele resultar cargante e irritante pero con el que me he sentido bastante en consonancia. El gran problema de Konstantin Levin es la brusquedad o la violencia con la que expone sus juicios, su conservadurismo generalizado y su nula predisposición a “los cambios”, pero yo entiendo por qué se niega a cambiar. El problema es cuando toda Europa no comprende que la cultura rusa no es en esencia occidental y traza sus juicios sobre esta como el más pedante de los occidentales. Tolstói critica a la aristocracia que ayudaba o pretendía implantar un sistema europeo para gobernar un pueblo que espiritualmente no lo es. Tanto Tolstói como Dostoyevski sentían verdadero horror ante la evolución de las sociedades europeas, y no es para menos. Somos muy dados a juzgar lo de los demás en vez de mirar para dentro de nuestra casa donde la falta de sensibilidad, individualismo exacerbado y la falta de empatía nos han convertido en monstruos sin amor, desconfiados y solitarios. Pese a ser un ferviente seguidor de las reformas educativas de Jean-Jacques Rousseau, Tolstói fue muy crítico con el tema de la educación a través de su alter-ego. Tal vez el hecho de que prefiera a Levin por encima de Karénina es porque ella representa una sociedad aristocrática europeizada mientras que Levin representa fielmente el alma rusa ingobernable, pero también es porque Kostia tiene una personalidad más afín a la mía y hasta cierto punto es un caballero sincero consigo mismo, y así lo demuestra hasta el desastroso final, porque a eso vamos. 

En Levin está presente el arrobo que experimenta el ser humano redescubrir la religión, sentimiento que también imperó en Tolstói mientras finiquitaba esta novela. Es aquí donde reside aquello que me incapacita ver a Anna Karénina como una obra que podría representarme, porque el tono de moralina de Tolstói con este tema me parece tan autoritario, tan henchido de un orgullo injustificado que descoloca. ¡Como si creer fuera una cuestión de superioridad moral sobre los demás! Al final Tolstói se pone a la altura de aquellos ateos que empleaban el mismo tono de vulgar autoridad, y eso es precisamente lo que desprecio, esa autoridad que un individuo adquiere de la nada para juzgar las inclinaciones religiosas de los demás. Nadie debería creerse con ese derecho.
Tras estas dos personalidades contrapuestas están otras que soliviantan aquellos sentimientos violentos que puedas adquirir durante el transcurso de las páginas, o no; tal vez logran el efecto opuesto. Está la princesa Kitty Shcherbatsky, que personifica la inocencia en persona.  Me parece un personaje interesante, con una evolución bastante marcada, en el que pasa de ser una chiquilla sin a penas decisión a una mujer que en un núcleo familiar convencional adquiere su rol con suprema sencillez y responsabilidad, como un reflejo de cuando Dolly, su hermana, también asumió su puesto en la sociedad. Por otro lado está Vronsky, que es todo lo contrario a las  Shcherbatsky, un personaje de mundo que halla cierto disfrute en sus faltas bajo una existencia acomodada. En él parece como si Tolstói satirizara la figura del príncipe o el zar de los cuentos infantiles y mostrara el interior de éstos, describiéndolos comos seres frívolos, insensibles y vanidosos. Punto para Lev Tolstói! También en gran medida el cabeza de familia de los Oblosky es así. Además Stepán es de estos tipos que ni se planean las consecuencias de lo que están llevando a cabo, lo que despierta mi más profunda aversión e irritación. Y, por último, volviendo a un ejemplo correcto de buena voluntad y moralidad, tenemos a Aleksei Karenin, que es mi personaje favorito de la novela. ¿Por qué? Porque poca gente repara en él de verdad, porque Karenin no es solo el marido pusilánime y estúpido, es una victima de una sociedad de las apariencias. No solo Anna es víctima de ésto cuando decide cometer el adulterio, ella ya se casa con un hombre que es incapaz de querer y respetar al ser humano completamente porque lo han convertido en un monstruo sin amor. Internamente Karenin es todo lo que la sociedad desprecia. Un mecanismo de engranajes carcomidos por el óxido, contradictorio y cobarde. Me fascina este personaje porque a pesar de estar tan roto por dentro y ser tan débil psicológicamente intenta llevar una existencia lo más sencilla y feliz que puede amando su trabajo y su familia. Cuando puede amar lo intenta demostrar con cierta clase de afectos dirigidos su hijo, y más tarde al fruto de una unión fuera de su matrimonio con Anna que ni siquiera es hija suya. Increíble personaje que ojalá hubiese tenido un poquito más de importancia al final.
Pasando a aspectos más académicos, muchos afirman que esta novela es naturalista, pero no me lo parece ni remotamente. Tolstói se aleja mucho de las características propias del naturalismo, pese a que otros coetáneos puedan entrar en esta categoría desde luego yo niego que Anna Karénina sea una novela naturalista. Sé que a muchos les interesará saber el ritmo de la historia o la forma de escribir de Tolstói , y ya os digo que tiene un ritmo muy regular y es fácil de entrar a Tolstói a través de Anna Karénina. 
Concluyendo, Anna Karénina me parece una buena novela, y no sabéis lo complicado que me resulta aceptar esa pésima conclusión para una novela de diez. ¿Es una novela que recomiendo para iniciarse con la literatura rusa? Estoy segura de que nadie se va a perder leyéndola. Tiene tono sencillo, buen ritmo y la brevedad de los capítulos hace que la historia sea mucho más amena para aquellos que les cuesta bastante entrar en un libro. ¡Qué no os tire para atrás el número de páginas! Por mi parte ha sido una lectura muy instructiva, interesante y con la que he aprendido muchísimo tanto de mis propios sentimientos como de la cultura Rusa y su historia. Leedla (y releedla) en algún momento de vuestra existencia.

Nos vemos 💜.

martes, 30 de mayo de 2017

Comenzar a ser: Las ensoñaciones del paseante solitario















Si reviso mis recuerdos recientes puedo revivir a la perfección la tarde en la que fui a la biblioteca y volví con Las ensoñaciones del caminante solitario de Jean-Jacques Rousseau. Nos dirigíamos mi pareja y yo a devolver La llamada de lo salvaje y un texto político de Maquiavelo cuando le comenté mis impresiones mientras paseábamos tranquilamente por un barrio residencial con aire británico de clase media. Así pues le dije a mi compañero que, aunque la primavera siempre me provoca una sensación de hastío, la temperatura y el sol de media tarde de aquel día no me impedían apreciar cómo la vida primigenia iniciaba sus andaduras otro año más. Imaginaba aquel momento dilatándose en el tiempo porque, además del grato ambiente, no había muchos viandantes, y cuando callábamos, éramos capaces de escuchar el viento agitando los árboles de un bosquete cercano. Aquellos minutos para vosotros carecerán importancia, pero los sentimientos motivados durante aquel paseo para nosotros fueron indescriptibles.
Tras depositar los libros prestados en la mesa del bibliotecario fuimos juntos a curiosear algunas baldas para compartir, entre susurros, superfluos comentarios sobre obras que conocíamos, cuando un título llamo fervientemente mi atención. Por una simple asociación de ideas entre “ensoñaciones” y “solitario” supe que debía hojear esa «novela». ¡Todavía no había ni apreciado al autor! ¿Cómo saber que eran unas memorias? Me hallaba libre de prejuicios y decidida a buscar en el libro las observaciones de un hombre cuya vida se hallara cimentada en uno de los múltiples reductos de las realidades del sueño y busqué con desesperada ilusión la autoría de aquel humilde ejemplar. Quedé gratamente sorprendida de encontrar una pluma del siglo XVIII, y casi al mismo tiempo recordé que había estudiado la obra de Jean-Jacques Rousseau en alguna asignatura durante la educación secundaria obligatoria. Pero como todos mis conocimientos de aquella época, Rousseau se hallaba bajo el manto espectral de la ignorancia. Él constituía en mi memoria un paciente fallido más del sistema educativo español, lobotomizado y añadido un libro de texto prostituido al gobierno de turno. ¿Fue con Las ensoñaciones... entre mis manos el instante que decidí iniciar seriamente un método educativo autodidacta y aspirar a tener opiniones propias? Tal vez Rousseau fue una pequeña gota en dicha decisión, sin embargo, fue cuando percibí de forma mucho más consciente el cambio operado, y en aquel preciso instante sentí ira contra todo el género humano, incluyendo mi persona. Estaba encolerizada porque había un caballero cuya obra debía conocer desde hacia años pero mi mente estaba completamente en blanco cuando pensaba en este hombre y su contexto. Una profunda sensación de repugnancia se implantó en mi estomago ante esa certeza, cada vez mayor. Era consciente de que todo un sistema educativo decadente se había burlado de mi a lo largo de mi corta existencia, y su broma pesada tenía más inquina de la que años atrás había percibido. ¿Cómo negarse a seguir constituyendo el objeto de su broma pesada? Me lleve Las ensoñaciones... a mi casa deseado algo que no sabría muy bien como definir.
Las ensoñaciones del paseante solitario están divididas en un total de diez capítulos que él denomina paseos, en los que Rousseau se limita a relatar sus caminatas, rememorar las reflexiones sugeridas durante sus salidas y a divagar con la perspectiva que solo la ancianidad dota sobre todas las cosas. Seguido de los paseos hay fragmentos de diversas cartas colocados a modo de aforismos y, por último, una miscelánea de textos, más una entrevista realizada a Jean-Jacques por Bernardin de Sant-Pierre.
“Cuanto más profunda es la soledad en la que vivo, tanto más necesario es que algún objeto rellene ese vacío, y aquellos que mi corazón me prohíbe o que mi memoria rechaza son suplidos por las producciones espontáneas de la tierra, no forzada por los hombres, ofrece a mis ojos por doquier” Pág. 120. 

Durante el primer paseo Rousseau muestra su cristalina intención con las ensoñaciones. Pretende hablar de lo que acontecido después de que los intelectuales de la época (Diderot, Voltaire, d'Alembert...) le dieran la espalda. Así, nos hallamos ante dos niveles de lectura: expositivo, en cuanto a los hechos; redentor, en cuanto a los sentimientos implícitos en la redacción de éstos. Mauro Armiño, el traductor usual de obra de Rousseau editada por Alianza, hace en la introducción un interesante apunte en cuanto al carácter de las ensoñaciones roussenianas: “Y este ser lleno de fobias, de revueltas casi animales, instintivas, de delicadezas dominadas sólo por la impresión, por la sensación, ¿coincide con el hombre ilustrado?”. Realmente en el corpus literario de Rousseau hay una contraprosición, cuanto menos curiosa, de estilos y finalidad. Podemos distinguir dos visiones en él: ilustrada y prerromántica. La visión ilustrada domina por completo en su juventud, en los momentos más públicos e influyentes de su vida, mientras que la prerromántica surge en el ocaso, producto del aislamiento social entre otras cuestiones. En las ensoñaciones abandona cualquier aportación a la causa ilustrada y se aleja del acto de escribir para un público. Jean-Jacques busca en este instante conocerse a si mismo, pues «sentir» ya no se le antoja un acto ajeno. No busca dar una explicación racional a la congoja que le produce encontrarse espiritualmente a cientos de kilómetros del género humano, ni tiene intención de disculparse por la compasión que le inspira su pobre alma atormentada. «Al querer recordar tantas dulces ensoñaciones, en lugar de escribirlas volvía a caer en ellas», asegura Rousseau en este extraño duermevela. 
En su primera ensoñación ante todo prevalece la compasión que siente hacia si mismo, una constante que tendremos presente de una forma u otra en cualquiera de sus paseos, pero aquí, en el primero, donde más. Bajo un aparente rechazo de aquellos que tenía en alta estima en su madurez aparece una una necesidad de explicaciones, una demanda superior al control de las emociones; necesita, sin ser consciente, una exhortación por parte de sus nuevos enemigos para cesar la anulación que lo está consumiendo. Durante el segundo paseo domina la reflexión sobre la idea de soledad, convulsionada por un accidente, pero el sentimiento redentor sigue sin desaparecer, es más, parece hacerse acrecentarse. A veces me daba la sensación de que en cualquier momento explotaría, que Jean-Jacques diría lo que con dificultad escondía tras los manierismos y formulas dieciochescas. Pero, de pronto, cambia de tema. No quiere manchar con su corrupción a ningún ser inocente. Entonces es cuando el hastío hacia los seres humanos, en concreto hacia aquellos que intentan aprovecharse de él, domina la escena hasta el final de este ensoñación. En el tercer paseo Rousseau abre con cita de Solón, muy significativa porque nos deja claro que, aunque viejo, ahora es cuando realmente está aprendiendo a ser. Llegar a «ser» se transforma en el eje de todas las ensoñaciones porque, como decía antes, ahora es cuando Rousseau está aprendiendo a sentir, y ello lo lleva a revivir su juventud. Esta ensoñación esta dedicada casi exclusivamente a reflexionar sobre sus primeros años, y a ser crítico con las opiniones impresas de aquel periodo (también hace esta revisión, aunque de forma mucho más profunda, en los Diálogos y en Las Confesiones). El último párrafo cierra con otra mención hacia Solón revestida de una profunda admiración hacia su legado, que él se ve incapaz de equiparar, al mismo tiempo que confiesa que lo que busca es algo distinto a Solón. Anhela descubrir la virtud, y cree que es capaz de hacerlo a expensas de la sociedad. Por último, se cuida de que cada paso hacia este objetivo le acompañe un sentimiento de humildad, no el orgullo. En el cuarto paseo Rousseau reflexiona sobre la mentira y la verdad, con las que, a mi parecer, intenta justificar parte de sus malas acciones pasadas. La «buena» mentira tiene para Rousseau la intención de evitar el hastío al individuo, al igual que avivar y colorear los hechos, transformándolos en auténticas ficciones. ¿Y a caso no todos hemos obrado en alguna ocasión de estas maneras? 
“Todo cambia en torno nuestro. Cambiamos nosotros mismos y nadie puede asegurar que mañana amará lo que hoy ama. Por eso todos nuestros proyectos de felicidad para esta vida son quimeras. Aprovechemos el contento del espíritu cuando viene; guardémonos de alejarlo por culpa nuestra, pero no hagamos proyectos para encadenarlo, porque esos proyectos son pura locura. He visto pocos hombres felices, quizá ninguno; pero con frecuencia he visto corazones contentos, y de todas las cosas que me han sorprendido ésta es la que más me ha contentado a mí mismo” Pág. 138.

Tras el cuarto paseo la naturaleza irrumpe en la escena, convirtiendo unas interesantes memorias de calidad incuestionable en un texto todavía más remarcable. Rousseau ya no se limita a hablar únicamente de aquello que le aflige sino también de lo que ama, y la unión de ambas cosas, combinadas con una conciencia más real del entorno gracias a esta delicada unión con la naturaleza, hace de las últimas cinco piezas textos con una belleza descriptiva y sensitiva, a mi parecer, equiparable a ningún escritor dieciochesco. Lo que Rousseau realiza en poco más de cincuenta páginas es imprimir su ser junto con su alma, ya anciana, y decirse a si mismo que no puede ser más de lo que es, que tiene limitaciones, pero que ha aprendido a valorarlas en su justa medida gracias a la botánica y a los paseos con los que ha anestesiado el padecimiento, reemplazándolo por la modesta alegría que le produce el análisis de la naturaleza y la música. Me sentí muy identificada en cada palabra de estas ensoñaciones.
“Las plantas parecen haber sido sembradas con profusión sobre la tierra, como las estrellas en el cielo, para invitar al hombre por el atractivo del placer de la curiosidad al estudio de la naturaleza; pero los astros están colocados lejos de nosotros; se necesitan conocimientos preliminares, instrumentos, máquinas, larguísimas escalas para alcanzarlos y acercarlos a nuestro alcance. Las plantas lo estan, naturalmente. Nacen bajo nuestros pies y en nuestras manos por así decir, y si la pequeñez de sus partes esenciales las esconde a simple vista, los instrumentos que nos las hacen patentes son de uso mucho más fácil que los de la astronomía. La botánica es el estudio de un ocioso y de un perezoso solitario: un pico y una lupa son todo el instrumental que se necesita para observarlas” Pág. 119.

“El flujo y el reflujo de aquel agua, su ruido continuo pero acentuado a intervalos, golpeando sin descanso mi oído y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación extinguía e mi y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia, sin tomarme el trabajo de pensar. De vez en cuando nacía alguna débil y breve reflexión obre la inestabilidad de las cosas de este mundo, cuya imagen me ofrecía la superficie de las aguas; pero pronto esas ligeras impresiones se borraban en la uniformidad del movimiento continuo que me acunaba y que, sin ningún concurso activo de mi alma, me retenía hasta el punto de que, llamado por la hora y por la señal convenida, no podía arrancarme de allí sin esfuerzo” Pág. 90.

Así terminamos esta obra preguntándonos cuál fue el verdadero Rousseau, si el hombre que defendía a capa y espada el espíritu colectivo, es decir, el entusiasta ilustrado, o aquel caballero que buscó dentro de su ser y encontró la paz que necesitaba para acabar sus días de la manera menos miserable que los medios que tenía a su alcance le permitían. ¿Era este último solo un personaje creado para que la sociedad no lo tuviera como un ser envilecido por la frivolidad de la sociedad francesa del siglo XVIII? Para mi no es justo ni moral opinar sobre actos concretos de la vida de los demás, y menos de aquellos que no están despiertos en el mundo vigil y que guardo en alta estima por diferentes cuestiones, por eso no voy a empezar a llevar a cabo ese tipo de acciones ahora. Tan solo me limito a lanzar esta pregunta para aquel lectur que  si ha llegado hasta este punto de la reseña se pueda cuestionar si merece la pena responder a esa pregunta. ¿Realmente es necesario leer estas memorias pensando que son las ficciones de un hombre anciano? ¿De verdad buscar una respuesta simple para resumir una cuestión compleja es lo acertado siempre? ¿Por qué no confiar en que lo que dice Rousseau es cierto, simplemente porque él lo escribió con todo lo vivo que aún residía dentro de él?
“¿Y cómo se puede llamar felicidad a un estado fugaz que nos deja el corazón inquieto y vacío, que nos hace añorar alguna cosa anterior, o desear alguna futura?” Pág. 91. 

Por mi parte, poco más que añadir a esta pequeña reseña de una obra titánica como son Las ensoñaciones del paseante solitario. Lo único que quiero dejar completamente claro es que no puedo analizar esta obra de Rousseau sin desvelar cosas que os pertenece a vosotros descubrir, sonreíros, conmoveros y apreciar. Hay mucho cariño puesto en las ensoñaciones, tanto por el traductor, Mauro Armiño, como por el propio autor. La dulzura que emana la entrevista final realizada por el noble Bernardin constituye el broche perfecto para una vida que, con sus faltas y altibajos, no podemos tildar inmemorable. Gracias, Jean-Jacques, por enseñarme a comprender lo que tú ya sabes.
Te quiero, viejuno.
“Es la naturaleza la que cura— decía—no los hombres. En las enfermedades internas se ponía a dieta y quería estar solo, pretendiendo que entonces el reposo y la soledad eran tan necesarios al cuerpo como al alma” Pág. 209. 

Nos vemos💜.

martes, 4 de abril de 2017

Huckleberry Finn y sus aventuras con el "nigger"

Con casi un millón de puntuaciones en Goodreads, Las aventuras de Huckleberry Finn parece constituir una de esas novelas que cualquier crío debe leer durante su infancia, y lo cierto es que en mi caso las historias de Mark Twain estuvieron bastante presentes durante este periodo de mi vida. Recuerdo con mucho cariño una adaptación cinematográfica de principios de siglo de Las aventuras de Tom Sawyer, la cual guarda una pequeña diferencia con respecto al resto de versiones, ya que en este caso los humanos son presentados como animales antropomorfos. Es una de las películas que con más cariño recuerdo y, en cierta manera, cuando leí El viento en los sauces evoqué las mismas sensaciones que experimentaba con el susodicho metraje. Así, seducida por este deseo de revivir mi infancia durante 2017, decidí leer las dos historias juveniles más afamadas de Mark Twain para descubrir qué había tras este producto cinematográfico.
Pero mi primera experiencia con el autor ha sido diferente a lo que había preconcebido una semana atrás, y lo cierto es que no ha sido una lectura que pueda calificar de agradable. Parte del problema se debe a que me ha sido imposible pasar por alto los aspectos de la obra que han envejecido lo suficiente para resultar ofensivos en la actualidad. Por culpa de esta serie de problemáticas las enseñanzas de la novela, todavía vigentes en nuestros días, que el autor misuriano deja patentes a través de su protagonista asilvestrado han quedado reducidas a reflexiones vacías. Por eso en esta reseña, más que mi opinión general, busco señalar en la medida de lo posible todos aquellos fragmentos que considero reprobables y comentar el porqué.

También considero que lo que voy a comentar a continuación sobre la novela es de interés actual. La gente blanca seguimos cometiendo los mismos errores más de cien años después de la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn, y la verdad es que no tenemos perdón, ni nos lo merecemos en realidad.
La obra, ambientada en la profunda Misuri de 1840, narra una serie de aventuras y desventuras protagonizadas por un niño llamado Huckleberry Finn. Hasta ahí todo correcto. El problema comienza cuando el autor introduce al esclavo negro de la señora Douglas, Jim. La grandísima problemática de esta novela es que el autor hace un intento de defender de las vejaciones a la gente de color y condenar la esclavitud, pero la carencia de documentación sobre la primera se hace patente conforme avanza la novela. Mark Twain se marca uno de esos famosos “peros” cuando una persona intenta desacreditar una lucha social y política. ¿Os suena el”yo no soy homófobo, pero no pasaría la noche durmiendo en la misma cama que mi amigo gay”? Pues todos los temas en torno a las personas de color están tratados de esta manera, y aquí podréis apreciar algunas perlas en la exposición de estos:
“—Me acuerdo. Te prometí no decirlo y no lo diré. La gente me llamará “despreciable abolicionista” por callarme, pero no me importa. No iré a decírselo a nadie. Es más, de todos modos no iré para nada...Cuéntamelo todo. […]. Comprendía que era inútil malgastar palabras. Es imposible enseñar a un negro a que razone. Y por eso le dejé”. Pág. 100.

“¡Cuánto le había cambiado la personalidad! Ya lo dice el proverbio: “Dadle el pie al negro y se tomará la mano”. […] Ahí está ese negro, el cual he ayudado a escapar, y ya está decidido a robar sus hijos...unos chicos que pertenecen a un hombre al que ni siquiera conozco, que nunca me ha hecho daño... Me desagradaba oír a Jim de aquel modo. Mi conciencia seguía atormentándome, hasta que, por fin, me dije: “Todavía no es demasiado tarde. Me acercaré a la orilla y hablaré”. Pág. 110.

“Supón que hubieras hecho las cosas bien y hubiese entregado a Jim, ¿te sentirías más satisfecho que ahora? “No”—me contesté—. Me sentiría mal, igual, exactamente igual que ahora. Entonces, ¿de qué sirve obrar bien, si obrar bien es desagradable y obrar mal no lo es? ¿Y si los resultados son los mismos?” Pág. 114.

Me pregunto hasta qué punto podemos justificar este tipo comentarios en una novela de finales del siglo XIX. He puesto los que he considerado más chocantes, desagradables y evidentes, pero quiero que tengáis presente que bajo este manto visible e indudablemente racista también hay mucho más, solo que interiorizado hasta el punto de que prácticamente no se puede ver. Así, Jim es presentado como un tipo con pocas luces, agorero y sumiso, y cualquier personaje de color que salga en la novela tiene las mismas actitudes que él. Esta caracterización de personaje no debe sorprender al personal, ya que en la literatura del siglo XIX, especialmente durante la primera mitad del siglo diecinueve, es bastante usual encontrarnos con novelas pobladas de personajes planos e insustanciales. Y la mayoría, como no, son mujeres blancas (clase media y alta), personas de color (hombres y mujeres) y criados blancos (hombres y mujeres).
Si ponemos en contexto los comentarios expuestos más arriba, descubrimos que el periodo donde con más fervor se buscó prohibición de la esclavitud en Estados Unidos fue desde 1831, extendiéndose desde Nueva Inglaterra hacia el resto del país, hasta el fin de la Guerra de Secesión, cuando final mente se prohibió ésta. Es muy importante clarificar, o más bien recordar, que en el Misuri de 1840 se permitía tener un sirviente negro sin que la posesión de éste reportara a los dueños problemas de ningún tipo con la ley o conciudadanos, un hecho que Twain aborda bastante bien hasta convencernos de cuan normal resultaba portar unos grilletes invisibles toda tu vida por el color de tu piel, y aprender a llevar esta certeza lo mejor posible, porque era lo que tocaba.

Pero con todo este potencial acumulado tras las innumerables experiencias del autor durante su juventud en Hannibal (Misuri) lo que no me parece normal es que, ya a finales del siglo XIX, Twain no muestre una postura más o menos clara en contra de la esclavitud. Hay una dualidad de opinión respecto a las personas de color muy casposa que se inclina más hacia el lado negativo. Remitiéndome a mis anteriores juicios, creo que ni él tenía claro su opinión sobre este tema,y así queda reflejado en esta novela. Así que volviendo a lo que nos ocupa, ¿justifico de algún modo los comentarios racistas de Twain? Pues la verdad es que no, y además los condeno. No puede ser que en 1884 una obra sea más estrecha de miras que La caballa del tío Tom, escrita en 1852 por Harriet Beecher Stowe, autora que recomiendo muchísimo leer si os interesa el tema del abolicionismo y feminismo en Estados Unidos durante el siglo XIX. En la mirada blanca sobre la esclavitud también influye el lugar de procedencia del autor, y no es mi intención comparar las dos obras sin observar previamente las vidas de sus respectivos autores. Mientras que Stowe provenía del seno de una familia de Massachusetts de clase media que le permitió acceder a una educación bastante amplia bajo un sólido ambiente progresista, Clemens o Twain no pudo ni siquiera terminar la escuela. Sabemos gracias a su novela qué tipo de atmósfera social imperaba en Misuri de por aquel entonces, por lo que no me extraña que Twain viviera sus últimos años en un estado de Nueva Inglaterra. Y por ello, por este ambiente tan diferenciado, puedo comprender que las opiniones de ambos novelistas disientan en el matiz o en la forma en la que son emitidas al lector, pero lo que no puedo es reconocer a Twain un mérito que no tiene...y que además priva a personas, mujeres en concreto, del derecho a tener más visibilidad que él en un tema que está mejor tratado por ellas. Ojalá las dejáramos expresarse, ojalá recuperásemos a más mujeres negras que escribieron sobre su posición en la sociedad americana decimonónica, porque son ellas las que se merecen estar al frente, no un señor blanco con bigote que nada sabía de estas cosas. ¡Queremos más literatura al estilo de Elizabeth Keckley, Amanda Smith y Harriet A. Jacobs! Y queremos que las bisnietas de esclavas negras nos cuenten sus historias, no hombres ni mujeres blancas; los blancos debemos aprender cuál es nuestro lugar, y más en la literatura.
Mucha gente mayor, sobre todo hombres (como no), reprobará el hecho que disienta en la recomendación de Las aventuras de Huckleberry Finn a los niños. Siendo sincera, pienso que leer esta novela sin una razón académica es perder el tiempo, y fue la última razón por la cual me quedé a un tercio de finalizar la novela. Hay mucha más literatura infantil y juvenil clásica sin problemáticas de ningún tipo que ha sido olvidada o que jamás será traducida al español. Así que, padres del mundo, romperos la cabeza, enseñar a vuestros hijos qué valores no deben aprender y qué valores sí deben comprender y tener en cuenta toda su vida. No hablo en ningún caso de censura, es más, estoy a favor de que si vuestros hijos desean leer esta novela lo hagan, pero imponed vuestra figura paternal o maternal y señalad qué valores han quedado desfasados y qué acciones no han de perpetuar.
El primer paso para educar bien a nuestros hijos se inicia mucho antes de concebirlos; es en el momento en el que decidimos analizarnos y acabar con ciertas actitudes. Entonces es cuando comenzamos a estar capacitados como individuos para cambiar el mundo también a través de futuras generaciones.
Nos vemos 💜. 
portada: filipe fernandez

domingo, 19 de marzo de 2017

Ni lobo ni perro: Colmillo Blanco


Uno de los principales responsables de que haya percibido cierto progreso a la hora de saber qué quiero encontrar una novela es Jack London. Pero también gracias a él he contestado diversas preguntas sobre mi misma que imaginaba que quedarían sin respuesta más tiempo. Esas respuestas a veces han sido dolorosas, causantes de intensos ataques de ira que han logrado hacerme enloquecer por unos instantes, pero también hay ocasiones en que las respuestas han resultado ser esperanzadoras, llevándome con frecuencia a desear la sencillez de una vida que, en realidad, me resulta inalcanzable. Siempre me da la sensación que las contestaciones que London emite a sus lectores sobre la vida y las experiencias referidas a ella permanecen imbuidas de una sincera tristeza que surge de la incapacidad de conocer cómo nutrir el barro seco y agrietado del que están compuestos una minoría de sus acólitos. Este sentimiento es el mismo que experimento cuando analizo con profundidad algún aspecto de mi carácter y creencias tras interpretar sus palabras, y entonces sé que es demasiado tarde para moldear algunas partes de este trozo el barro que constituyo. Continuamente, London emite en Colmillo Blanco que aquellos que son enemigos de nuestras respectivas especies deben vivir lo mejor que puedan con esta certeza, y que esto en ningún caso ha sido por elección. Tampoco existen posibilidades de evitar el trauma a aquel que percibe con mayor habilidad que el resto del reinado de los hombres de que a este mundo se viene a sobrevivir, y la mayor parte del tiempo estamos solos en la selva. También London, un antiguo «dios de carne» convertido ahora en polvo, fue un enemigo para la gente de su tiempo. Buscó al igual que todos una forma de escapar de esto hasta el fin de sus días, pero sin lugar a dudas comprobó que no existían soluciones atemporales y efectivas para cesar esta lenta destrucción avocada a la locura pero que, cuerdos o locos, terminará por arrojarnos a todos a las fauces de la muerte. Y es que London siempre acaba imponiendo en sus historias la visión materialista en la que, miserables o mártires, todos convergeremos al mismo punto. Perfectamente sabemos, o conocemos, que tenemos un final común en este espacio construido sobre el gran Tiempo, así que ¿a caso algo de lo que he dicho importa? ¿A caso creéis que voy a caer en la necedad de aceptar el bárbaro idealismo que domina nuestros días, o en el desfasado espiritualismo de los viejos tiempos? Señores, yo digo que sigamos caminando a luz de gas en la oscuridad hasta que el fermento cese de serlo.
“El mundo no era todo libertad, para la vida había ciertas limitaciones y restricciones. Estas limitaciones y restricciones eran la ley. Obedecerla era evitar el dolor y buscar la felicidad […]clasificó las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y después de aquella clasificación evitó las cosas dolorosas, las restricciones y los frenos para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida”Pág. 75. 
En Colmillo Blanco, el autor analiza de manera minuciosa a través de la vida de un híbrido entre lobo y perro diversos aspectos de existencia de los seres, desde el miedo y la fascinación hacia aquellas cosas desconocidas y salvajes del exterior hasta la adquisición de la consciencia de individuo junto al dominio de inclinaciones naturales y deseos primigenios que el mestizo se niega a si mismo por otro instinto más poderoso, el de la lealtad, aquella que le une a los dioses compuestos de carne, envases de gran poder y odio, llamados seres humanos.
Reconozco que ha sido una lectura muy intensa de principio a fin, pues la evolución de Colmillo como individuo y todas las certeras verdades que el autor lanza respecto a su existencia no dejan de ninguna manera indiferente, un efecto que a mi entender debe resultar más impactante en la adolescencia. Pero la historia de Colmillo Blanco en realidad se inicia mucho antes de que el mestizo exista, antes incluso de que el instinto de reproducción aparezca en un viejo lobo endurecido por la vida y una perra que ha escapado de los indios. Así, London presenta en la primera parte a los futuros padres de Colmillo cuando, famélicos, echan al traste junto con otros lobos una expedición de dos hombres en las vetustas e ignotas arboledas de Canadá. El rastro de la carne es un capítulo muy interesante a distintos criterios narrativos y, además, es el que considero más revelador de esta primera parte gracias al impresionante despliegue descriptivo con el que London hace experimentar al lector la insignificancia de los seres vivos en un entorno hostil y desconocido que cada segundo lucha por devorar la vida en movimiento porque la detesta, porque para este otro tipo de vida la nuestra es extraña, anormal e indeseable.
“No es necesario realizar ningún esfuerzo para creer en tales dioses [los seres humanos]; ningún esfuerzo de voluntad puede inducir a la falta de fe. No hay forma de huir de ellos” Pág. 109.
Podemos considerar la primera parte de la novela como una especie de relato, ya que a mi criterio funcionaría muy bien de manera independiente. Luego es donde yo considero que empieza el hilo narrativo que nos ocupa, es decir, el referido al cánido. En la segunda parte es cuando London deja de centrarse en lo general para pasar a lo concreto, la disección de los sentimientos de los lobos y sus respectivas conductas destacando siempre el papel que desempeñan cono individuos en manada o la estructura que nosotros calificamos de familiar. El autor empieza a hablarnos de la consciencia, un tema apasionante que, irónicamente, me resulta interesante desde cualquier perspectiva filosófica, siempre que esté bien expuesto, obviamente. Y, en este caso, como no podía ser de otra forma en London, es desde la perspectiva materialista. Enseguida aparece en instinto de individualidad en el pequeño Colmillo, y se descarta al mismo tiempo cualquier pensamiento intangible que no esté estrechamente relacionado con lo cognoscible. En ningún momento de la novela Colmillo se pregunta quién era antes de nacer o qué será después de morir, ya que tampoco sería lógico teniendo en cuenta el casi inexistente nivel de humanismo del animal. Aprovechando al límite la naturaleza de su protagonista, London explora los distintos juicios a través de la tercera persona, opiniones irrefutables que podría emitir cualquier materialista de la época del californiano, solo que este último lo combina con su precioso estilo y maestría a la hora de analizar sensaciones y sentimientos, logrando un grado de realismo apabullante.
“La vida vive de vida. Se encontraban los que devoraban y los que eran devorados. La ley era: devorar o ser devorado. Él no formulaba la ley de forma tan clara ni establecía los conceptos ni moralizaba. Ni tan siquiera pensaba en esta ley; tan sólo vivía la ley sin pensar en ella” Pág. 92.
En la tercera parte de la novela es la más trabajada, sin embargo, la que más me gustó a mi fue la cuarta, y ahora comentaré el porqué. Cuando la vida en el bosque se hace insostenible, Colmillo Blanco se integra en un poblado indio nómada en el que descubre con más profundidad algunos sentimientos que ya había conocido en sus primeros paseos buscando alimento y diversión, pero otros muchos sentimientos, sobre todo los negativos, los adquiere por primera vez entre los aborígenes. Apunta London certeramente al principio de la tercera parte que los seres humanos son lo desconocido materializado en carne y hueso. Los dioses de carne ejercen su voluntad sobre los débiles, porque la realidad es que consideramos a los animales herramientas o artilugios que podemos destrozar, pisotear y golpear cuando es necesario para seguir viviendo nosotros. Colmillo sabe perfectamente que renunciando a una parte de él y dejando que la posea su dueño indio, Castor Gris, está procurándose más posibilidades de sobrevivir que en el bosque, ya que hay más posibilidad de supervivencia entre aquellos que tienen que elegir una razón para destruir una herramienta que en la selva boscosa, a la cual no le importa que la vida en movimiento muera, de hecho lo desea, porque al devorarla perpetua su ciclo de la vida.
A. Ayerbe

El mundo se muestra cruel, feroz y mortal para Colmillo Blanco, no se puede cambiar aquello que ha nacido para para destripar, comer y seguir corriendo. Es la ley natural de los seres vivos, así que Colmillo acepta esta certeza sin saberlo, y se une a la matanza porque no hay elección; lo único que puede hacer es ser el mejor según lo que el medio le ofrece. Finalmente, Colmillo Blanco se convierte en el perro más fuerte e inteligente de todo el asentamiento, eliminando de forma gradual todas sus debilidades. Al final de la tercera parte es un perro violento, solitario y hosco que se mueve por pura inercia de vivir; no conoce el amor, e incluso la paz es un concepto ajeno para él. La lealtad solo permanece dentro de él porque con ella puede acceder al calor de una buena hoguera, grandes dosis de carne y la venganza satisfecha al llevar ocasionalmente un derramamiento de sangre de sus viejos enemigos de la infancia.
“Para las criaturas simples, el bien y el mal es algo que puede ser entendido con facilidad. El bien se encuentra en las cosas que reportan comodidad, satisfacción y la superación del dolor. Por tanto, a todo el mundo le gusta el bien. El mal se encuentra entre las cosas que están ellas de dificultades, amenazas y dolor, y es repudiado en consecuencia” Pág. 167.
Así llegamos a la cuarta parte, en la que se produce un cambio en el origen del poder al que le debe lealtad Colmillo Blanco. Es en estas páginas cuando vemos la humanidad más corrompida, donde con mayor facilidad comprobamos que el ser humano utiliza todo lo que está vivo y puede matar para sus innobles beneficios, que ahora van más allá de la supervivencia. London hace una tremenda crítica al maltrato animal desde una perspectiva novedosa y rompedora para la época. Lo más parecido a lo que London realiza en la cuarta parte es la novela Belleza Negra de Anna Sewell, donde la autora realiza una gran labor de concienciación hacia los pésimos cuidados que procuramos a nuestros animales. Pero Sewell escribe su novela intentando cambiar el pensamiento general en un tono amable y sencillo, London nos ataca con brutalidad de Colmillo en las peleas ilegales y sin pelos en la lengua, nos llama de todo a los seres humanos mediante el personaje de Guapo Smith, y luego hace su crítica airada. Intenso, auténtico y único; ese es el maldito Jack London y sus magníficas historias.
Geoff Taylor

Con la culminación de la brutalidad entra en la historia el buenazo de Weedon Scott, y con él esta adopta un cariz más amable y tierno, y es por otras cuestiones que la quinta parte se convierte en mis páginas predilectas. Como con El lobo de mar, me pasa que siento que las cosas podrían haber desembocado en un punto más dramático, pero London prefiere mantener un dramatismo medio hasta el final a riesgo de excederse demasiado. Esto no me parece mal, de hecho para mi es preferible que quede así a romper todo el drama con un exceso del mismo, y es digno de admirar cómo Colmillo Blanco mantiene siempre una regularidad en la intensidad dramática. En la última parte se produce una deconstrucción, aunque London no cae en la absurda idea de que el barro puede volver a moldearse con la misma facilidad cuando ha pasado tanto tiempo seco. Esa idea la mantiene presente hasta el final, y me pareció el broche perfecto para cerrar una vida tan inolvidable como la del mestizo.
Para mi Colmillo Blanco es una novela que habla de aquellas cosas que nos causan incertidumbre a los seres humanos, y de aquellas que a los jóvenes nos trae especialmente de cabeza. Algunos no sabemos qué nombre poner a estos extraños pensamientos, pero están ahí, retándonos, y alguna a vez han sido la causa de más de una noche en vela. Por eso animo a profesores y padres a que hagan el favor de que sus hijos lean esta novela para que las preguntas que se formulen nuestras próximas generaciones no queden sin respuesta. ¡No veo el momento de recomendarle a mis futuros hijos que lean a Jack London! Cada tema de Colmillo Blanco sigue siendo de interés actual, y con más de cien años a sus espaldas no ha envejecido ni un pelo.
“Y durante todo aquel tiempo, la loba permaneció sentada sobre sus ancas sonriendo. La batalla la alegraba de alguna extraña forma, ya que aquello era el amor en lo salvaje, la tragedia del sexo del mundo natural que era tan sólo tragedia para aquellos que morían. Para los que sobrevivían no era una tragedia, sino un logro y un éxito” Pág. 52.
Si sois los que como yo no teníais pensado leerla jamás, os prometo encontraréis una historia de la que podréis sacar grandes enseñanzas para afrontar el día a día con más sencillez y humidad, y que, cuanto menos, os hará reflexionar. Aquello que siempre deberíamos buscar en la literatura.
Nos vemos 💜.
portada: foto del maravilloso félix rodríguez de la fuente y un lobo

domingo, 12 de marzo de 2017

Dos novelas de Jules Verne y mi opinión impopular


De todos los escritores de novela científica que me impuse este año, Jules Verne era seguramente el que más ansiaba leer por ser el único que no había tenido la ocasión probar aún. Podría deciros que había puesto grandes expectativas en el autor francés, pero os aseguro que estaría mintiendo. De las novelas que seleccioné esperaba historias sin ningún tipo de pretensión literaria más allá de entretener; en resumidas cuentas imaginaba que serían narraciones donde una sencilla comunión entre la ciencia y la literatura daría como resultado una serie de historias imbuidas por una humilde pasión hacia los temas abordados, cimentada en una cristalina finalidad de hacer llegar  la ciencia de una manera diferente hasta la fecha a los lectores menos avezados.
Recordemos que durante el siglo XIX adquirir conocimientos sobre diversos campos científicos no estaba al alcance de cualquiera, ni siquiera de la gente que tenía amplios fondos monetarios. Esta especie de “secularización” de la ciencia cerca de finales del siglo XIX brindó el derecho y la oportunidad a las gentes más humildes, entre los que había muchos autodidactas entusiastas, a adquirir amplios conocimientos sobre diferentes temas científicos gracias a insignes divulgadores como Camille Flammarion (Popular Astronomy;1880) o las maravillosas y olvidadas, además de anteriores a Flammarion, Jane Marcet (Conversartions of Chemistry) o Mary Somerville (The Mechanisms of the Heavens), entre otros y, por supuesto, otras. No puedo quitarle el merito a Verne de acercar la ciencia a los jóvenes y no tan jóvenes mediante un abanico de aventuras desternillantes durante gran parte del segundo cincuenteno, pero puedo decir sin temor a equivocarme que Verne ha quedado a mi juicio profundamente desfasado. Es un escritor que no recomendaría leer, excepto a aquel que quiera revisitar sus lecturas de la infancia, y menos aún a una persona que esté empezando con lecturas de índole más compleja.
Si me conocéis un poco sabréis que para que yo emita tales juicios sobre un clásico tan afamado como lo es Verne debo de haber perdido bastante la paciencia. Aunque no lo parezca me disgusta estar enfadada, y más cuando leo. Prefiero disfrutar y obsesionarme con una novela y su autor o autora que vilipendiar al pobre diablo. ¿A caso  la literatura no es una herramienta que empleamos para liberarnos de los demonios y miserables que la realidad nos vomita  encima cada día? La literatura no va a convertirse para en otro demonio con el que deba cargar hasta el Calvario, por eso ejerzo mi voluntad y plasmo mi criterio y opiniones respecto ella y sus autores como quiero, pero ante todo con criterio.
Sabéis que casi siempre defiendo a los clásicos, ellos me han dado todo en lo que me he convertido, y siempre romperé una lanza por aquellos que han rozado o alcanzado la universalidad, pero hoy no voy a defender a Julio Verne. Con dos novelas leídas de él he podido cerciorarme ampliamente de que ni siquiera tenía en mente atrapar un poco de esa universalidad, y a mi juicio eso lo convierte en un mal autor. Hubieron cientos de mujeres y hombres en la época de Verne que atraparon la universalidad, ¿por qué a algunos de ellos les hemos dejado morir mientras que a él no? Es un enigma, pero la humanidad ya tiene preparada una respuesta con la que silenciarme.

Así que dejemos los preliminares y pasemos a comentar Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en ochenta días.
La narración de Viaje al centro de la Tierra se inicia desde Hamburgo, donde el profesor Lindenbrock ha descubierto un extraño en cuarto cuya autoría es de un irlandés llamado Turleson. Convenientemente se desliza un papel fuera del libro con unos extraños símbolos caligráficos relacionados con el núcleo terrestre. Y el profesor, un hombre que de ninguna manera podríamos calificar de científico materialista, se lanza a la aventura llevando con él a su sobrino hacia Islandia, donde supuestamente se halla una de esas entradas directas al núcleo terrestre.
Hay tantas cosas mal en esta historia que no sé ni por donde cogerla para ir desmenuzando poco a poco todos los aspectos que me han molestado. La novela, efectivamente escrita en 1864, más que un viaje al centro de la Tierra es el descenso hacia la inanición y el sopor eterno. Desde el principio estamos ante una trama bastante inverosímil, que aumenta a cada segundo, haciendo que el lector se salgacon más frecuencia de lo esperado de la narración. Las razones que llevan a estos dos personajes principales acompañados de un guía mudo al centro de la tierra son de risa, pero eso todavía es pasable si consideramos la novela un pastiche de la época no muy elaborado. El problema es cuando, aparte de que son razones pobres, tenemos a unos personajes más falsos que los decorados de la serie original de Star Trek. Y si eso ya era digno de duros vilipendios teniendo en cuenta dónde situan a Verne en la literatura de anticipación, le sumamos un narrador que dificulta aún más la labor de empatía. Axel lo único interesante que aporta a la trama es recordarnos una y otra vez de manera pueril la necesidad de estar en Hamburgo con su prometida, sacando al lector de una ambientación solidamente construida, que es lo mejor de la novela. Los convenientes y para nada forzados cambios de carácter de Axel me despertaron más de una vez alguna que otra risa sardónica con la que he intentado aplacar como bien he podido esta irremediable necesidad de ponerme a llorar ante semejante producto con penosas aspiraciones literarias de ser una novela. El otro protagonista, el profesor Linderbrock, más que científico parece un señor en plena crisis de los cincuenta, el nivel de estrés que provoca al lector es inaudito y, como no, es de cartón-pluma como su sobrino "El Quejón". También hay otro personaje, el guía, que les salva la vida de estos mentecatos en diversas ocasiones, y que irónicamente resulta el más interesante de todos. Sin embargo, es en Hans en donde Verne deja entrever su snobismo, e incluso podríamos hablar de palabras mayores, es decir, racismo.
A mi si los personajes quedan planos o no están adecuadamente construidos, o peor aún, se califican a si mismos de buenos o malos, aunque entre en conflicto con mi pensamiento, puedo acomodarme a las exigencias del autor ya que ante todo es su historia. Eso sí, yo siempre tendré el derecho a decidir a qué doy más relevancia a la hora de comentar. Por eso si Viaje al centro de la Tierra no me ha gustado no ha sido por estos personajes condenados al olvido en unas pocas semanas, sino porque la historia en si es mala de verdad.
Pensaréis que he desatado mi visión materialista influida por las visitas oníricas de Lobo Larsen, y que le he sacado el rizo al rizo, pero es que yo no le estoy pidiendo a Jules Verne ni tan siquiera un producto que se ajuste a los parámetros racionalistas de su época. Y sino vamos a comparar Viaje al centro de la Tierra con la novela pulp The Moon Pool de Abraham Merritt, ya que ambas están sentadas sobre el mismo argumento. La diferencia entre que The Moon Pool sea un producto óptimo y esta novela no recae en el hecho de que Merritt despierta el sense of wonder, mientras que Verne se lo pasa por la tela del globo aerostático. Y me diréis que es porque en 1864 y tales cosas ni siquiera se habían buscado, pero os recuerdo que Mary Shelley ya lo había logrado en repetidas ocasiones, y de manera certera por cierto. El sense of wonder para mi no depende de aquello que intentes colar como creíble, lo que a mi me resulta crucial es la manera en la que el autor despliega sensaciones, fenómenos y sentimientos en un nivel ascendente de complejidad en torno a un elemento ficticio, el cual un buen escritor debe transformar en una serendipia maravillosa para el lector en el menor número de escenas posible. Mary Shelley lo logró, Edgar Allan Poe lo logró, H. G. Wells lo logró... Nadie con un mínimo de cultura a la edad madura puede creer que la tierra esté hueca ni en 1864, ni en 1917 y mucho menos en 2017, ¿cómo Merritt puede conseguir que me lo crea y Verne no? Pues básicamente porque Merritt quería contar una historia utilizando el sense of wonder sin saberlo, y Verne, imagino, solo quiso narrar una sucesión de escenas con una base pseudocientífica. En Merritt hay universalidad en los sentimientos que expresan sus personajes frente a conflictos diversos, en Verne ni siquiera perdura un ligero entusiasmo por ese primer paso de soñar con lo imposible.
Estas duras afirmaciones no las hubiese emitido leyendo solo una novela de él, ya que podría haber sido un ejercicio desafortunado, por lo que entonces fui a por una segunda novela, aquella de Verne que todos aseguran que gusta, incluso a los menos entusiastas del autor. Además, como La vuelta al mundo en ochenta días está narrada en tercera persona y no tenemos a un paleto rompiendo atmósferas me predispuso positivamente a leerla.
Pues bien, planté lectura en poco más de la mitad porque no soportaba ni un minuto más la narración del caballero. La diferencia entre Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en ochenta días es que en esta última no hay carácter científico, la aventura es la que domina la narración, y no sé deciros que es peor. Ilusa de mi pensé que al ser así los personajes estarían mejor confeccionados y que la línea narrativa sería más interesante. ¿Qué autor en su sano juicio crea un personaje plano a propósito? Pues Jules Verne. ¿Cómo un personaje puede ser artificial? Pues no lo sé, no me había topado con un personaje tan malo desde que abandoné cierto tipo de literatura juvenil, y sólo con recordar a Phileas Fogg desayunando se me pone el vello como escarpias.

Creo que ni siquiera hace falta mencionar de que va la historia a estar alturas del cotarro dado que el título resume muy bien este ejercicio de escritura, y además la historia está muy enraizada en la cultura. Eso sí, aventuras las que te diga el tío del globo aerostático. Podemos resumir la novela en un viaje alrededor del mundo en el que cuando sucede algo supuestamente interesante lo único que quieres es leer en diagonal a ver si así acabas de una vez por todas la novela. Una pésima novela de aventuras con personajes acordes a un ejercicio tan inmemorial como este.
Y como sé que no mucha gente va a estar de acuerdo con mi opinión sobre estas novelas del autor recuerdo que esta es sólo mi opinión. Creo que al señor Verne no le he faltado al respeto, tan solo he expuesto lo que creo y lo que he sentido en base a lo que he leído. He leído dos novelas que no puedo considerar más que fallidos intentos de escribir sobre aventuras en espacios no hollados por la literatura por aquellos tiempos. Vuelvo a repetir que aprecio y le doy las gracias a Jules Verne por a allanar un poco más el camino a los jóvenes victorianos para descubrir la ciencia y amarla, pero ahora, señor Verne, es hora de retirarse de la vanguardia. Leeré 20.000 leguas de viaje submarino cuando olvide un poco el amargo sabor de estas novelas...y será la última vez que tenga contacto alguno con el autor.

domingo, 12 de febrero de 2017

TEKELI-LI, TEKELI-LI: Narración de Arthur Gordon Pym


Empezamos con sabor un tanto agridulce esta serie de reseñas relacionadas con mi propósito de leer durante 2017 romances científicos esenciales. Como no, la disconformidad y debate han sido motivados en mi hogar por la lectura de la única novela que Edgar Allan Poe legó a la literatura, la famosa Narración de Arthur Gordon Pym, y que tantas opiniones dispares ha suscitado a lo largo de los siglos. Actualmente sigue siendo objeto de numerosos vilipendios por parte de la crítica, y para la mayoría de entusiastas de los cuentos del autor se trata de un ejercicio poco memorable. Sin embargo no todos los lectores de Poe comparten esta opinión tan negativa de la obra. Por ejemplo, yo no.
Durante el transcurso de la lectura he sentido que la Narración de Arthur Gordon Pym tiene elementos potenciales y atmósferas que a día de hoy pueden seguir perfectamente maravillando u horrorizando, dependiendo de cuán impresionable sea el lector, y por eso Poe sigue y seguirá siendo un autor clásico de la literatura de terror. Pero por desgracia, y bajo mi criterio, este ejercicio imaginativo sí que se ve eclipsado por la pobreza con la que el autor entrelaza las escenas, el aporte insustancial o innecesario de información, la desigual estructura, la arritmia generalizada del texto y la carencia de un final. No obstante, la combinación de los errores técnicos con la fuerte personalidad que desprende el estilo de Poe no da como resultado una novela decepcionante. Es cierto que está muy lejos de ser perfecta, sin embargo, para mi logra un resultado óptimo si observamos el conjunto desde lejos.
“Lo he grabado dentro de las colinas, y mi venganza, sobre el polvo dentro de la roca” Pag. 198
La Narración de Arthur Gordon Pym se inicia con el testimonio de un caballero anónimo, el cual más tarde recibirá como seudónimo el nombre y apellidos de Arthur Gordon Pym. Este hombre tras vivir una inusual experiencia en la terra australis retorna a su hogar en Nantucket con una serie de historias a cada cual más inverosímil. Un grupo de caballeros de Virginia, interesados en su visita por aquellas tierras inexploradas, en especial un tal Mr. Poe, piden amablemente al superviviente que les detalle sus experiencias y las publique en la revista Southern Messenger. Pero ante la falta de ganas del aludido para hacer una crónica Poe prepara una ficción muy cercana a aquello que le sucedió al tal Pym por el Sur.
La verdad es que esta novela es bastante peculiar en su especie, ya que no es un simple diario de viajes en el que el autor difumina gradualmente los límites de la lógica y el raciocino hasta que el lector se halla inmerso en una novela de características muy distintas a la carta de presentación dada. Desde el principio yo creo que en las páginas de la Narración de Arthur Gordon Pym hay semioculto un elemento fantástico, que el lector percibe como poderoso al mismo tiempo que ignominioso, y que de alguna forma dirige el destino del protagonista y la nave en la que Arthur se encuentra en calidad de secuestrado, y más tarde de náufrago. La cosa incluso parece decidir quién es el perdedor de ese juego de los palillos cuando el hambre está consumiendo la cordura de los supervivientes del bergantín. De igual forma traza su horrible designio de quién debe morir aplastado por un derrumbamiento rocoso del continente austral. Es cierto que E. A. Poe tiene a su favor que ahí puede jugar con la dualidad hasta llevar al lector a cuestionarse si realmente subyace algo durante toda la narración o si se trata de casuales conveniencias del guión y lo que estamos haciendo es reinterpretándolo todo. Por mi parte me inclinaré siempre más por la primera opción aunque no descarte la segunda.
“Sí, largamente suplicamos, desesperados, que aquellas silenciosas y repugnantes figuras nos ayudaran, que no nos abandonaran para que terminásemos siendo como ellas, que nos recibieran a bordo de su nave. Estábamos enloquecidos de horror y desesperación, enloquecidos por la angustia de tan espantosa decepción”. Pág. 95. [Aquí Poe y yo nos reconciliamos...brevemente].  
Es una novela con una construcción realmente notable en cuanto a las sensaciones sugeridas en algunos momentos de la historia, en concreto me refiero durante la parte más realista de la historia, el naufragio del Grampus. Me fascinó observar cómo el estado emocional y físico de cada superviviente degenera hasta convertirlos a todos en muertos en vida, desesperados por un poco de agua y alimento. En especial lo que más impresión causa es el vivo deseo de satisfacer sus necesidades vitales y que los lleva a cuestionarse si realmente vale la pena realizar ese acto deleznable para sobrevivir...con terribles consecuencias, por cierto. Todo el naufragio del Grampus resulta bajo mi criterio lo más logrado del relato, pues es la única parte en la que yo diría sin reticencias que este autor es todo un maestro en lo suyo. Provoca terror sólo con la verosimilitud con la que narra esta serie de vivencias.

Pero a partir del rescate de las gentes del Jane Guy los fallos comienzan a ser cada vez más evidentes hasta que en las últimas páginas rozan el despropósito. El personaje de Arthur Gordon Pym pierde credibilidad, y al constituir uno de los puntos más positivos de la novela hasta entonces es lógico que afecte drasticamente en las impresiones del lector. No se puede estar tan entusiasmado con ir al Sur habiendo visto perecer a tantos hombres. Además creo recordar que después del rescate no hay ni una mención a los hechos acaecidos en el Grampus, y es ilógico teniendo en cuenta todas las cosas que sucedieron allí y que sobrepasan el limite de la moral y la ética humana.
La credibilidad del personaje principal y otros secundarios no es lo único que me ha sacado de la obra en diversas ocasiones, también la falta de ritmo durante la aproximación a las tierras australes ha sido latente. En este momento de la historia, cuando Poe ofrece información cartográfica sobre los últimos descubrimientos respecto a este desconocido continente en el siglo XIX, toma unos derroteros que me hicieron cuestionarme más de dos veces si eliminando estas partes la narración seguiría aportando lo mismo ya que ni siquiera era interesante como cultura general. Hay una obra ligeramente inspirada en la novela de Poe que peca de volver a explicar lo ya explicado, de recrearse en lo inimaginable para aprovechar cada segundo de tensión, pero al menos no falla en este sentido. Poe ofrece información sin ningún objetivo en la trama, y eso para mi es uno de los fallos más gordos que una persona de letras puede cometer.
Asimismo, ese chubasco de información parece extinguirse cuando navegamos por las cálidas aguas de la Antártida. Comienza a haber una falta de información enorme sobre absolutamente todo, y deja varias incógnitas sin responder que se refuerzan el efecto de encontrarnos ante una narración vaga y soporífera. Me molestó bastante que Poe dejara morir su narración, realmente había potencial suficiente para escribir una novela decente añadiendo cien páginas más. Si bien es cierto que nunca hubieran convertido a Narración de Arthur Gordon Pym en la obra en canónica del autor, al menos pertenecería al grupo de narrativa más recomendada de Edgar Allan Poe. 
“Largo tiempo nos entregamos a la más intensa desesperación, que nunca podrán imaginar aquellos que no se hayan visto en una situación semejante. Estoy seguro de que ningún accidente de los que pueden ocurrir en el curso de la vida humana se presta a provocar una angustia mental y física tan horrorosa como el entierro en vida que acababa de agobiarnos. La oscuridad, las tinieblas que envuelven a la víctima, la espantosa opresión de los pulmones, los sofocantes vapores que exhala la tierra húmeda, unidos a la atroz convicción de que se está más allá de toda esperanza, y que se comparte la suerte reservada a los muertos, sumen el corazón de la víctima en un horror, en un espanto inenarrable e intolerable, que no puede concebirse” Pág 168 [Este fragmento es digno de ser colgado en la pared].
Respecto a la documentación y lo que convierte realmente a la novela en un precedente del romance científico tampoco ha supuesto una grata (y gran) sorpresa. Como he dicho anteriormente, los últimos escollos son insalvables incluso mostrando rigurosa y específica información naval y cartográfica. Mary Shelley, otra precursora del romance científico, en 1816 ya había situado a su creación más allá del Cócito del continente austral, mientras que Poe en 1838 juega con la idea de que allí vive una raza de gente negra, muy salvaje por cierto, y que hace un calor mediterráneo. Me parece un grave retroceso imaginativo el creer que allí abajo hay un clima tan benigno, y no me hizo ninguna gracia que intentara presentarlo como algo que podría darse en la Antártida. 
Luis Scafati
Por el contrario la breve escena en la que se abren paso a través de pequeños icebergs y grandes masas de hielo si que la disfruté bastante. Rompiendo una lanza por Poe matizo que el final es pasable si no reflexionas en profundidad sobre qué leches está sucediendo, y me refiero a cuando Pym y compañía huyen de los negratas en una canoa fabricada por otros negratas más inteligentes que los negratas tontos mataron, porque sí, Edgar Allan Poe no disimula sus creencias racistas en ningún momento. No juzgo nada de lo que ha escrito Poe en base a sus creencias xenófobas porque estamos en 1837, pero es un dato que considero que debe señalarse de igual manera que se hace con otros autores clásicos hasta el límite de lo pueril.
“El cocinero negro, que era un monstruo demoníaco en todo sentido, y que ejercía entre los tripulantes una influencia quizá superior a la del mismo piloto, se negó a escuchar ninguna proposición de este género, y varias veces se levantó para continuar su tarea en el portalón”. Pág. 50.
“Sus brazos y piernas estaban arqueados de la manera más extraña, dando la impresión de carecer de toda flexibilidad. La cabeza era igualmente deforme, de enorme tamaño, y tenía en la coronilla las mismas muescas o marcas que suelen tener los negros; era completamente calvo”. Pág. 50.
“...Dirk Peters, Seymour, el cocinero negro; Jones, Greely, Hartman Rogers” Pág. 68.
No puedo finalizar esta reseña sin mentar dos obras consideradas en la historia de la literatura continuaciones de Narración de Arthur Gordon Pym, y son La esfinge de los hielos de Jules Verne y En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft. De la primera poco se más allá de que el carácter de la novela es aventurero, muy en la línea de Verne, y que se aleja bastante de lo preconcebido Poe; seguramente salga un globo aerostático por allí. En cuanto a la segunda, sé que es una novela corta de un escritor norteamericano que no conozco de nada y que tiene mala pinta así en general, por lo que poco puedo deciros... [risas]. La verdad es que pese a que la novela corta En las montañas de la locura esté considerada como una especie de secuela o continuación no parte de la misma base que la historia escrita por Poe. Lovecraft le dedica a a su autor favorito una historia con algunas referencias aquí y allá por ser este su mayor fuente de inspiración durante su niñez y parte de su adolescencia, pero nada más. Repito, nada más.
Concluyendo, Narración de Arthur Gordon Pym es una novela que a pesar de mostrar una serie de ideas que resultan atractivas en un principio se ve dominada injustamente por un ritmo desigual y lagunas en la narración importantes. Pero vamos, que la leáis porque es impresionante.
Nos vemos💜.
portada: shipwreck of the minotaur, turner