Uno de los principales responsables de que haya percibido cierto progreso a la hora de saber qué quiero encontrar una novela es Jack London. Pero también gracias a él he contestado diversas preguntas sobre mi misma que imaginaba que quedarían sin respuesta más tiempo. Esas respuestas a veces han sido dolorosas, causantes de intensos ataques de ira que han logrado hacerme enloquecer por unos instantes, pero también hay ocasiones en que las respuestas han resultado ser esperanzadoras, llevándome con frecuencia a desear la sencillez de una vida que, en realidad, me resulta inalcanzable. Siempre me da la sensación que las contestaciones que London emite a sus lectores sobre la vida y las experiencias referidas a ella permanecen imbuidas de una sincera tristeza que surge de la incapacidad de conocer cómo nutrir el barro seco y agrietado del que están compuestos una minoría de sus acólitos. Este sentimiento es el mismo que experimento cuando analizo con profundidad algún aspecto de mi carácter y creencias tras interpretar sus palabras, y entonces sé que es demasiado tarde para moldear algunas partes de este trozo el barro que constituyo. Continuamente, London emite en Colmillo Blanco que aquellos que son enemigos de nuestras respectivas especies deben vivir lo mejor que puedan con esta certeza, y que esto en ningún caso ha sido por elección. Tampoco existen posibilidades de evitar el trauma a aquel que percibe con mayor habilidad que el resto del reinado de los hombres de que a este mundo se viene a sobrevivir, y la mayor parte del tiempo estamos solos en la selva. También London, un antiguo «dios de carne» convertido ahora en polvo, fue un enemigo para la gente de su tiempo. Buscó al igual que todos una forma de escapar de esto hasta el fin de sus días, pero sin lugar a dudas comprobó que no existían soluciones atemporales y efectivas para cesar esta lenta destrucción avocada a la locura pero que, cuerdos o locos, terminará por arrojarnos a todos a las fauces de la muerte. Y es que London siempre acaba imponiendo en sus historias la visión materialista en la que, miserables o mártires, todos convergeremos al mismo punto. Perfectamente sabemos, o conocemos, que tenemos un final común en este espacio construido sobre el gran Tiempo, así que ¿a caso algo de lo que he dicho importa? ¿A caso creéis que voy a caer en la necedad de aceptar el bárbaro idealismo que domina nuestros días, o en el desfasado espiritualismo de los viejos tiempos? Señores, yo digo que sigamos caminando a luz de gas en la oscuridad hasta que el fermento cese de serlo.
“El mundo no era todo libertad, para la vida había ciertas limitaciones y restricciones. Estas limitaciones y restricciones eran la ley. Obedecerla era evitar el dolor y buscar la felicidad […]clasificó las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y después de aquella clasificación evitó las cosas dolorosas, las restricciones y los frenos para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida”Pág. 75.
En
Colmillo Blanco, el autor analiza de manera minuciosa a través
de la vida de un híbrido entre lobo y perro diversos aspectos de
existencia de los seres, desde el miedo y la fascinación hacia
aquellas cosas desconocidas y salvajes del exterior hasta la
adquisición de la consciencia de individuo junto al dominio de
inclinaciones naturales y deseos primigenios que el mestizo se niega
a si mismo por otro instinto más poderoso, el de la lealtad, aquella
que le une a los dioses compuestos de carne, envases de gran poder y
odio, llamados seres humanos.
Reconozco
que ha sido una lectura muy intensa de principio a fin, pues la
evolución de Colmillo como individuo y todas las certeras verdades
que el autor lanza respecto a su existencia no dejan de ninguna
manera indiferente, un efecto que a mi entender debe resultar más
impactante en la adolescencia. Pero la historia de Colmillo Blanco
en realidad se inicia mucho antes de que el mestizo exista, antes
incluso de que el instinto de reproducción aparezca en un viejo lobo
endurecido por la vida y una perra que ha escapado de los indios.
Así, London presenta en la primera parte a los futuros padres de
Colmillo cuando, famélicos, echan al traste junto con otros lobos
una expedición de dos hombres en las vetustas e ignotas arboledas de
Canadá. El rastro de la carne es un capítulo muy interesante
a distintos criterios narrativos y, además, es el que considero más
revelador de esta primera parte gracias al impresionante despliegue
descriptivo con el que London hace experimentar al lector la
insignificancia de los seres vivos en un entorno hostil y desconocido
que cada segundo lucha por devorar la vida en movimiento
porque la detesta, porque para este otro tipo de vida la nuestra es
extraña, anormal e indeseable.
“No es necesario realizar ningún esfuerzo para creer en tales dioses [los seres humanos]; ningún esfuerzo de voluntad puede inducir a la falta de fe. No hay forma de huir de ellos” Pág. 109.
Podemos
considerar la primera parte de la novela como una especie de relato,
ya que a mi criterio funcionaría muy bien de manera independiente.
Luego es donde yo considero que empieza el hilo narrativo que nos
ocupa, es decir, el referido al cánido. En la segunda parte es
cuando London deja de centrarse en lo general para pasar a lo
concreto, la disección de los sentimientos de los lobos y sus
respectivas conductas destacando siempre el papel que desempeñan
cono individuos en manada o la estructura que nosotros calificamos de
familiar. El autor empieza a hablarnos de la consciencia, un tema
apasionante que, irónicamente, me resulta interesante desde
cualquier perspectiva filosófica, siempre que esté bien expuesto, obviamente. Y, en este caso, como no podía ser de otra forma en London, es
desde la perspectiva materialista. Enseguida aparece en instinto de
individualidad en el pequeño Colmillo, y se descarta al mismo tiempo
cualquier pensamiento intangible que no esté estrechamente
relacionado con lo cognoscible. En ningún momento de la novela
Colmillo se pregunta quién era antes de nacer o qué será después
de morir, ya que tampoco sería lógico teniendo en cuenta el casi
inexistente nivel de humanismo del animal. Aprovechando al límite la
naturaleza de su protagonista, London explora los distintos
juicios a través de la tercera persona, opiniones irrefutables que podría emitir cualquier materialista de la época del
californiano, solo que este último lo combina con su precioso estilo
y maestría a la hora de analizar sensaciones y sentimientos,
logrando un grado de realismo apabullante.
“La vida vive de vida. Se encontraban los que devoraban y los que eran devorados. La ley era: devorar o ser devorado. Él no formulaba la ley de forma tan clara ni establecía los conceptos ni moralizaba. Ni tan siquiera pensaba en esta ley; tan sólo vivía la ley sin pensar en ella” Pág. 92.
En
la tercera parte de la novela es la más trabajada, sin embargo, la
que más me gustó a mi fue la cuarta, y ahora comentaré el porqué.
Cuando la vida en el bosque se hace insostenible, Colmillo Blanco se
integra en un poblado indio nómada en el que
descubre con más profundidad algunos sentimientos que ya había
conocido en sus primeros paseos buscando alimento y diversión, pero
otros muchos sentimientos, sobre todo los negativos, los adquiere por primera vez entre los aborígenes. Apunta London certeramente al principio de la tercera parte
que los seres humanos son lo desconocido materializado en carne y
hueso. Los dioses de carne ejercen su voluntad sobre los débiles, porque la realidad es que consideramos a los animales herramientas o artilugios que podemos destrozar, pisotear y golpear cuando es
necesario para seguir viviendo nosotros. Colmillo sabe perfectamente que
renunciando a una parte de él y dejando que la posea su dueño
indio, Castor Gris, está procurándose más posibilidades de
sobrevivir que en el bosque, ya que hay más posibilidad de
supervivencia entre aquellos que tienen que elegir una razón para
destruir una herramienta que en la selva boscosa, a la cual no le importa que la
vida en movimiento muera, de hecho lo desea, porque al devorarla perpetua su ciclo de la vida.
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| A. Ayerbe |
El
mundo se muestra cruel, feroz y mortal para Colmillo Blanco, no se
puede cambiar aquello que ha nacido para para destripar, comer y
seguir corriendo. Es la ley natural de los seres vivos, así que
Colmillo acepta esta certeza sin saberlo, y se une a la matanza porque no hay
elección; lo único que puede hacer es ser el mejor según lo que el
medio le ofrece. Finalmente, Colmillo Blanco se convierte en
el perro más fuerte e inteligente de todo el asentamiento,
eliminando de forma gradual todas sus debilidades. Al final de la
tercera parte es un perro violento, solitario y hosco que se mueve por pura
inercia de vivir; no conoce el amor, e incluso la paz es un
concepto ajeno para él. La lealtad solo permanece dentro de él
porque con ella puede acceder al calor de una buena hoguera, grandes dosis de carne y la venganza satisfecha al llevar ocasionalmente un derramamiento de sangre de sus viejos enemigos de la infancia.
“Para las criaturas simples, el bien y el mal es algo que puede ser entendido con facilidad. El bien se encuentra en las cosas que reportan comodidad, satisfacción y la superación del dolor. Por tanto, a todo el mundo le gusta el bien. El mal se encuentra entre las cosas que están ellas de dificultades, amenazas y dolor, y es repudiado en consecuencia” Pág. 167.
Así
llegamos a la cuarta parte, en la que se produce un cambio en el
origen del poder al que le debe lealtad Colmillo Blanco. Es en estas
páginas cuando vemos la humanidad más corrompida, donde con mayor
facilidad comprobamos que el ser humano utiliza todo lo que está
vivo y puede matar para sus innobles beneficios, que ahora van más allá de la supervivencia. London hace una tremenda crítica al maltrato animal desde una perspectiva novedosa y
rompedora para la época. Lo más parecido a lo que London realiza en la
cuarta parte es la novela Belleza Negra de Anna Sewell,
donde la autora realiza una gran labor de concienciación hacia los pésimos cuidados
que procuramos a nuestros animales. Pero Sewell escribe su novela
intentando cambiar el pensamiento general en un tono amable y sencillo, London nos ataca
con brutalidad de Colmillo en las peleas ilegales y sin pelos en la lengua, nos llama de todo a los
seres humanos mediante el personaje de Guapo Smith, y luego
hace su crítica airada. Intenso, auténtico y único; ese es el maldito Jack
London y sus magníficas historias.
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| Geoff Taylor |
Con la culminación de la brutalidad entra en la historia el buenazo de Weedon Scott, y con él esta adopta
un cariz más amable y tierno, y es por otras cuestiones que la quinta parte se convierte en mis páginas predilectas. Como con El lobo de mar, me pasa que siento
que las cosas podrían haber desembocado en un punto más dramático,
pero London prefiere mantener un dramatismo medio hasta el final a
riesgo de excederse demasiado. Esto no me parece mal, de hecho para
mi es preferible que quede así a romper todo el drama con un exceso
del mismo, y es digno de admirar cómo Colmillo Blanco mantiene
siempre una regularidad en la intensidad dramática. En la última parte se produce una deconstrucción, aunque London no cae en la absurda idea de que el barro puede volver a moldearse con la misma facilidad cuando ha pasado tanto tiempo seco. Esa idea la mantiene presente hasta el final, y me pareció el broche perfecto para cerrar una vida tan inolvidable como la del mestizo.
Para
mi Colmillo Blanco es una novela que habla de aquellas cosas
que nos causan incertidumbre a los seres humanos, y de aquellas que a los jóvenes nos trae especialmente de cabeza. Algunos no sabemos qué nombre poner a estos extraños pensamientos, pero están ahí, retándonos, y alguna a vez han sido la causa de más de una noche en vela. Por eso animo a profesores y padres a que hagan el favor de que sus hijos lean esta novela para que las preguntas que se formulen nuestras próximas generaciones no queden sin respuesta. ¡No veo el momento de recomendarle a mis futuros hijos que lean a Jack London! Cada tema de Colmillo
Blanco sigue siendo de interés actual, y con
más de cien años a sus espaldas no ha envejecido ni un pelo.
“Y durante todo aquel tiempo, la loba permaneció sentada sobre sus ancas sonriendo. La batalla la alegraba de alguna extraña forma, ya que aquello era el amor en lo salvaje, la tragedia del sexo del mundo natural que era tan sólo tragedia para aquellos que morían. Para los que sobrevivían no era una tragedia, sino un logro y un éxito” Pág. 52.Si sois los que como yo no teníais pensado leerla jamás, os prometo encontraréis una historia de la que podréis sacar grandes enseñanzas para afrontar el día a día con más sencillez y humidad, y que, cuanto menos, os hará reflexionar. Aquello que siempre deberíamos buscar en la literatura.
Nos
vemos 💜.
portada: foto del maravilloso félix rodríguez de la fuente y un lobo
portada: foto del maravilloso félix rodríguez de la fuente y un lobo



