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domingo, 24 de septiembre de 2017

La hija del espantapájaros









Hace tiempo que tenía el ojo echado a esta novela infantil gracias a Xanetia, una mujer increíble que tiene un canal en Youtube que recomiendo bastante visitar si os gusta la literatura juvenil. Pues bien, a finales de agosto me apetecía una lectura más amable y recordé que Xane había recomendado esta novela el año pasado en uno de sus vídeos. Y no puedo estar más de acuerdo con ella respecto a la opinión que guarda sobre este libro de su infancia. Es una novela tan fascinante que lo único que deseas después de terminarla es releerla, una y otra vez, y descubrir CÓMO María Gripe nos regaló una historia tan bonita dentro de un contexto digno de un extenso análisis.
Y es que la escritora sueca tiene una producción literaria que invita a la lectura sin a penas saber de qué va una historia, y tengo la sensación de que tras una historia tan fascinante se esconde una mente aún más. En el caso de La hija del espantapájaros es cierto que iba bastante informada sobre qué podía encontrar, pero eso no evitó que la historia superara con creces mis expectativas.
Gripe nos plantea un peculiar conflicto que recuerda a un cuento de hadas bajo el influjo del mundo actual. Una madre marcha a Estados Unidos en busca de fortuna, o al menos mejorar el estatus económico de su familia. Al mismo tiempo que toma una actitud emprendedora también toma una decisión bastante nefasta: deja a sus tres hijos en Suecia a cargo de la mayor de estos, una niña que a penas tiene doce años. Esa cría desquiciante, terca y orgullosa se llama Loella, y es bastante difícil no enamorarse de ella y su infantilidad. En muchas novelas he encontrado crío más maduros que yo, y hasta cierto punto se puede justificar. Una mirada completamente adulta es imposible en un niño de doce años. Loella es muy madura para su edad, claro, ¿cómo no serlo cuando pasas hambre y frío en un entorno lejos de los seres humanos? Es difícil no madurar bajo experiencias así. Pero Loella tiene la reacciones normales de una niña de doce años, y eso me encanta. Además, intenta solucionar los problemas como una niña de doce años mediante esa inocencia incorrupta que la vida aún no nos ha arrebatado, y eso es hermoso, porque Gripe tal vez nos muestra sin pretenderlo en qué nos hemos convertido los adultos. ¿En qué nos hemos convertido, Dios mío?
Hay escenarios dignos de la mejor novela gótica moderna. Loella subida al tejado, imponente, descrita como un cuervo misterioso bajo el cielo invernal; Loella esperando a su padre en el puerto la noche de Walpurguis envuelta en la niebla. Y desde luego más detalles por los que considero La hija del espantapájaros una novela gótica. Personajes extraños, como el ermitaño que vive un poco más lejos que Loella. ¡Y la mismísima Loella, por favor! Ah, y no olvidemos la relación afectiva que Loella establece con un espantapájaros, porque aquí se toca de refilón tema sobrenatural. Que la historia fuera escrita por una persona que pertenecía a un país sin una tradición de novela gótica como tal no quiere decir absolutamente nada para mi.
Entre los aspectos más curiosos de la novela está la relación que tiene la hija con los padres. En bastantes ocasiones me sentí identificada con lo que la cría pensaba, porque era lo mismo que a veces me sugería mi imaginación a su edad. Me gustaría haberle preguntado a Gripe por qué la figura de la madre aparece tan desdibujada, y en cambio la del padre cobra una importancia gradual en la trama. La relación que mantiene Loella con la madre la he tomado en un sentido mucho más metafórico que literal. Cada vez que Loella adquiere madurez para el papel que desempeña en su hogar, mayores son los sentimientos negativos que le inspira su madre. Siente a su madre como un ser egoísta incapaz de escribir para ver qué tal andan sus tres hijos. Loella está sometida a un deceso sentimental, y parece un tema tabú, pero hay niños que se sienten así al comprender que para sus padres no son nada. Aunque demuestren atenciones materiales descuidan en gran medida las emocionales. Criamos niños que solo buscan satisfacer sus necesidades físicas y emocionales en los actos materiales, y ya ni siquiera les damos oportunidad de ser inocentes y hallar arrobo en el amor. Loella reemplaza la alegría por una melancolía, ajada por la tristeza, cada vez más presente en cada acto de su existencia a causa del abandono emocional de su madre. Por eso es lo que decía de tomar el alejamiento de la madre como algo más metafórico. Del padre, bueno, ni hablemos. Loella no conoce a su padre, y la primera información que recibe de él viene por la mejor amiga de su madre. Esa pequeña e insignificante información se convierte en una esperanza, una esperanza de remitir el dolor, la soledad y el abandono. En consecuencia, Loella inventa una fantasía que inspira ternura y empatía. ¡Ay, querida Loella! Y el lector solo desea que las cosas terminen bien, pero en la realidad las cosas no son tan fáciles. La esperanza, ¡qué gran arma con doble filo!
Y a eso voy, porque el contexto de la novela es muy realista. Suceden cosas malas, y los personajes sufren. Los niños necesitan aprender este tipo de cosas, porque negar la evidencia solo hará que de mayores se sientan completamente desprotegidos. Los personajes mantienen relaciones realistas, no todo se basa en un intercambio de afecto continuo; a veces hay odio, injusticia, indiferencia. Sentimientos que existen en las relaciones de amistad. El problema es que hay que mostrar lo que está mal y lo qué no, pero no tenemos que decir a los críos qué esta mal y qué no. Hay que mostrar una situación real, tal y como María Gripe hace, y que el propio niño se de cuenta de qué está mal en sobrepasar a alguien a quien respetas. También Gripe habla de arriesgar, que para mi es lo más duro de la amistad. Cuando pones todo tu corazón en manos de alguien puede que las cosas no siempre salgan bien. Aun así me parece que el mensaje concluyente de la autora es positivo, y muy bien desarrollado, porque deja claro que ambas posibilidades pueden darse y no pasa nada. No hemos fallado por perder a alguien, aunque sintamos que sí.
Es cierto que el final puede ser un poco precipitado, y que me hubiese gustado un buen épilogo para cerrar una historia tan bonita, pero como la novela me gustó tanto y las últimas páginas son tan emotivas pongo este aspecto negativo como algo bastante secundario. Todavía recuerdo como se me aceleraba el corazón en las últimas páginas, cuando sabía lo que iba a suceder y aún así....no sé, ¡no sé! ¡Estaba muy emocionada porque una persona buena iba a recibir todo el amor que siempre había deseado!
Esta una novela que se queda contigo invariablemente.
Nos vemos 💜.
portada: Laura Makabresku.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Leo autoras infantiles (cuquis) en Octubre


“La literatura infantil es importante para recordar quiénes fuimos”. Este juicio de valor no es una simple afirmación sino una declaración de intenciones. Yo no tenía ni la más remota idea de que la literatura infantil supondría el segundo punto de inflexión más importante de toda mi vida. Pero para entender la importancia de este hallazgo debo remitirme a enero de 2015, cuando descubrí la obra de H. P. Lovecraft y la persona que hay tras una escritura tan descorazonada. Igual que H. P. Lovecraft al conocer la existencia de Edgar Allan Poe en su adolescencia observé a través de sus palabras que nuestras visiones eran semejantes,  ambos considerábamos que residíamos en un mundo plagado de monstruos, enfermedad y oscuridad. Y que yo, inmersa en ese contexto, tan solo era una criatura más...frágil, vulnerable y enfermiza como él. ¡Qué tiernos recuerdos se me vienen a la mente al pensar en el invierno de 2015!
Quiero dejar claro que mi visión de la sociedad se tornó obscura por las fantasías de un autor. El señor Lovecraft no me enseñó a ver la existencia humana desde un punto de vista pesimista, solo me ayudó a ver las cosas que estaban realmente mal, porque su disertación era más coherente que la mía. A partir de ahí, yo tenía que recorrer lugares que él jamás había hollado para comprender qué era aquello que despertaba mis propios terrores.
¿Y sabéis qué? Ser una mujer en el siglo XXI no es nada fácil, y de eso el señor Lovecraft no puede hacerse una ligera idea. Es muy difícil luchar contra la filosofía del vaso medio vacío cuando tengo plena consciencia de que ni siquiera en mi hogar estoy a salvo de la violencia física y verbal del reino humano. Y saber que esta violencia está perfectamente justificada por el sistema económico político y filosófico actual es todavía más patético. Saber, además, que en este sistema viven monstruos que creen tener ciertos derechos por encima de otros individuos de la especie me lleva cuestionar hasta qué punto esta sociedad está perdida y cuándo empezaremos a decaer hasta convertirnos en polvo; tal vez ya estamos extinguiéndonos. Durante muchos años he consentido ser otro pedazo de carroña para este grupo de personas de manera cuasi consciente, porque creí en mi santa inocencia ese era mi papel. Y este cúmulo de elementos son por los que día tras día experimento un terror muy vivo. No sé si algún día dejaré de ser carroña o su muñeco, pero a eso vamos.
Todos sabemos, en mayor o menor medida, que un solo individuo no puede luchar contra lo que son, en esencia, algunos de los designios de la naturaleza humana, pero puede decidir ser mejor que aquellos que se empeñan en justificar sus actos de violencia mediante la falacia de que en sus espíritus se encuentra más presente su “yo primordial”. Mi naturaleza primordial está despierta casi todo el tiempo en mi espíritu, pero he logrado canalizarla para que se convierta en un medio para un fin, y el fin es crear. Así que aunque considero que mi contexto es terrible, me esfuerzo en ver las cosas con una mirada más optimista, que no positiva. En mi oscuridad solo hay una luz de gas que a duras penas ilumina, pues existe para mi una gran diferencia entre ser un punto luminoso y poseer un farolillo con el que hollar senderos extraños en la noche más fría y oscura de la humanidad. Yo jamás voy a ser un punto luminoso, porque no considero que tales cosas se puedan dar alguna vez en mi vida.
Mi luz de gas desde luego son mi infancia, mi familia y mi novio, en ese orden de prioridad. Y todo aquello que permanece unido a mis recuerdos y a la persona que más respeto en este mundo son el asidero del candil. Durante mi infancia no leí muchos libros infantiles, de hecho, no leí ninguno porque a mis padres no les gusta leer. Pero de alguna forma cuando leo ahora libros infantiles siempre recuerdo mi infancia a través de las vivencias de los críos, animales u objetos que los protagonizan. Os puede parecer que idealizo los aspectos positivos de infancia hasta eclipsar los malos, pero no sería como soy si en mi infancia no hubiera conocido bastante bien el sufrimiento, precedido del rechazo, la tristeza y la soledad; aunque ese no es el punto hoy. Mi intención es seguir leyendo autores infantiles para seguir recordando esta época de mi vida, y en cierta medida volver a ser una persona que no dudaba de todo, en la que había pureza y bondad. Combatiré monstruos ignorando sus pullas y atacando la raíz del problema, porque es de la única manera que puedo ser libre. Y mi búsqueda de esto a través de la literatura infantil no surge de la ignorancia, pues en los pocos libros infantiles que he leído he podido darme cuenta de que es un objetivo plausible. Esa es mi única certeza.


Mis elecciones 💬
He establecido una relación bastante bonita y saludable con la escritora e ilustradora Beatrix Potter, y pretendo leer toda su obra narrativa y poética en octubre para el #LeoAutorasOct. Nadie me dijo que también puede haber personas que hagan más llevadero este desfile de formas grotescas, y que no todo tiene que ser malo, y que al final son esas personas las que te nutren mediante una visión más objetiva de las cosas que suceden. Además, estoy muy orgullosa de Beatrix Potter a un nivel muy íntimo, la adoro por lo que fue y por lo que no permitió que la sociedad le impusiera ser. Sé perfectamente que cuando lea su obra van a producirse cambios, y que H. P. Lovecraft y Beatrix Potter compartirán el mismo puesto en el campo literario de mi corazón. No siento desasosiego porque vaya a producirse hecho, más bien me siento tranquila y feliz, porque eso quiere decir que estoy evolucionando, y creo que ambos autores deben de sentirse muy contentos al saber que hay una niña que los adora por igual siendo diametralmente opuestos...¡o no! No considero que sean tan diferentes. Solo hay que observar bien.
También este mes leeré The Velveteen Rabbit, una historia escrita por Margery Williams. Me interesé por el relato a través de un fragmento que leí en la traducción castellana, unos comentarios sobre cuándo debemos considerar que una cosa es real. Estuve tan de acuerdo, y me emocioné tanto, que dije: “Seguramente adoraré esta historia, así que voy a leerla en inglés”. Si amas algo, ese "algo" se convierte en real. No hay que hacerse más preguntas y mucho menos dar valor a la opinión negativa que los demás tienen sobre algo que es tuyo y no hace daño a nadie. 
¡Poco más que añadir! Si leo algún libro más será de alguna mujer, pero en castellano. Fundamentalmente quiero que mi #LeoAutorasOct sea en inglés porque me parece una ocasión muy oportuna para ganar nivel con el idioma, así que ya os iré informando.
Nos vemos 💜.
portada: autoría de Omaira Phillips, es decir, mía.

martes, 4 de abril de 2017

Huckleberry Finn y sus aventuras con el "nigger"

Con casi un millón de puntuaciones en Goodreads, Las aventuras de Huckleberry Finn parece constituir una de esas novelas que cualquier crío debe leer durante su infancia, y lo cierto es que en mi caso las historias de Mark Twain estuvieron bastante presentes durante este periodo de mi vida. Recuerdo con mucho cariño una adaptación cinematográfica de principios de siglo de Las aventuras de Tom Sawyer, la cual guarda una pequeña diferencia con respecto al resto de versiones, ya que en este caso los humanos son presentados como animales antropomorfos. Es una de las películas que con más cariño recuerdo y, en cierta manera, cuando leí El viento en los sauces evoqué las mismas sensaciones que experimentaba con el susodicho metraje. Así, seducida por este deseo de revivir mi infancia durante 2017, decidí leer las dos historias juveniles más afamadas de Mark Twain para descubrir qué había tras este producto cinematográfico.
Pero mi primera experiencia con el autor ha sido diferente a lo que había preconcebido una semana atrás, y lo cierto es que no ha sido una lectura que pueda calificar de agradable. Parte del problema se debe a que me ha sido imposible pasar por alto los aspectos de la obra que han envejecido lo suficiente para resultar ofensivos en la actualidad. Por culpa de esta serie de problemáticas las enseñanzas de la novela, todavía vigentes en nuestros días, que el autor misuriano deja patentes a través de su protagonista asilvestrado han quedado reducidas a reflexiones vacías. Por eso en esta reseña, más que mi opinión general, busco señalar en la medida de lo posible todos aquellos fragmentos que considero reprobables y comentar el porqué.

También considero que lo que voy a comentar a continuación sobre la novela es de interés actual. La gente blanca seguimos cometiendo los mismos errores más de cien años después de la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn, y la verdad es que no tenemos perdón, ni nos lo merecemos en realidad.
La obra, ambientada en la profunda Misuri de 1840, narra una serie de aventuras y desventuras protagonizadas por un niño llamado Huckleberry Finn. Hasta ahí todo correcto. El problema comienza cuando el autor introduce al esclavo negro de la señora Douglas, Jim. La grandísima problemática de esta novela es que el autor hace un intento de defender de las vejaciones a la gente de color y condenar la esclavitud, pero la carencia de documentación sobre la primera se hace patente conforme avanza la novela. Mark Twain se marca uno de esos famosos “peros” cuando una persona intenta desacreditar una lucha social y política. ¿Os suena el”yo no soy homófobo, pero no pasaría la noche durmiendo en la misma cama que mi amigo gay”? Pues todos los temas en torno a las personas de color están tratados de esta manera, y aquí podréis apreciar algunas perlas en la exposición de estos:
“—Me acuerdo. Te prometí no decirlo y no lo diré. La gente me llamará “despreciable abolicionista” por callarme, pero no me importa. No iré a decírselo a nadie. Es más, de todos modos no iré para nada...Cuéntamelo todo. […]. Comprendía que era inútil malgastar palabras. Es imposible enseñar a un negro a que razone. Y por eso le dejé”. Pág. 100.

“¡Cuánto le había cambiado la personalidad! Ya lo dice el proverbio: “Dadle el pie al negro y se tomará la mano”. […] Ahí está ese negro, el cual he ayudado a escapar, y ya está decidido a robar sus hijos...unos chicos que pertenecen a un hombre al que ni siquiera conozco, que nunca me ha hecho daño... Me desagradaba oír a Jim de aquel modo. Mi conciencia seguía atormentándome, hasta que, por fin, me dije: “Todavía no es demasiado tarde. Me acercaré a la orilla y hablaré”. Pág. 110.

“Supón que hubieras hecho las cosas bien y hubiese entregado a Jim, ¿te sentirías más satisfecho que ahora? “No”—me contesté—. Me sentiría mal, igual, exactamente igual que ahora. Entonces, ¿de qué sirve obrar bien, si obrar bien es desagradable y obrar mal no lo es? ¿Y si los resultados son los mismos?” Pág. 114.

Me pregunto hasta qué punto podemos justificar este tipo comentarios en una novela de finales del siglo XIX. He puesto los que he considerado más chocantes, desagradables y evidentes, pero quiero que tengáis presente que bajo este manto visible e indudablemente racista también hay mucho más, solo que interiorizado hasta el punto de que prácticamente no se puede ver. Así, Jim es presentado como un tipo con pocas luces, agorero y sumiso, y cualquier personaje de color que salga en la novela tiene las mismas actitudes que él. Esta caracterización de personaje no debe sorprender al personal, ya que en la literatura del siglo XIX, especialmente durante la primera mitad del siglo diecinueve, es bastante usual encontrarnos con novelas pobladas de personajes planos e insustanciales. Y la mayoría, como no, son mujeres blancas (clase media y alta), personas de color (hombres y mujeres) y criados blancos (hombres y mujeres).
Si ponemos en contexto los comentarios expuestos más arriba, descubrimos que el periodo donde con más fervor se buscó prohibición de la esclavitud en Estados Unidos fue desde 1831, extendiéndose desde Nueva Inglaterra hacia el resto del país, hasta el fin de la Guerra de Secesión, cuando final mente se prohibió ésta. Es muy importante clarificar, o más bien recordar, que en el Misuri de 1840 se permitía tener un sirviente negro sin que la posesión de éste reportara a los dueños problemas de ningún tipo con la ley o conciudadanos, un hecho que Twain aborda bastante bien hasta convencernos de cuan normal resultaba portar unos grilletes invisibles toda tu vida por el color de tu piel, y aprender a llevar esta certeza lo mejor posible, porque era lo que tocaba.

Pero con todo este potencial acumulado tras las innumerables experiencias del autor durante su juventud en Hannibal (Misuri) lo que no me parece normal es que, ya a finales del siglo XIX, Twain no muestre una postura más o menos clara en contra de la esclavitud. Hay una dualidad de opinión respecto a las personas de color muy casposa que se inclina más hacia el lado negativo. Remitiéndome a mis anteriores juicios, creo que ni él tenía claro su opinión sobre este tema,y así queda reflejado en esta novela. Así que volviendo a lo que nos ocupa, ¿justifico de algún modo los comentarios racistas de Twain? Pues la verdad es que no, y además los condeno. No puede ser que en 1884 una obra sea más estrecha de miras que La caballa del tío Tom, escrita en 1852 por Harriet Beecher Stowe, autora que recomiendo muchísimo leer si os interesa el tema del abolicionismo y feminismo en Estados Unidos durante el siglo XIX. En la mirada blanca sobre la esclavitud también influye el lugar de procedencia del autor, y no es mi intención comparar las dos obras sin observar previamente las vidas de sus respectivos autores. Mientras que Stowe provenía del seno de una familia de Massachusetts de clase media que le permitió acceder a una educación bastante amplia bajo un sólido ambiente progresista, Clemens o Twain no pudo ni siquiera terminar la escuela. Sabemos gracias a su novela qué tipo de atmósfera social imperaba en Misuri de por aquel entonces, por lo que no me extraña que Twain viviera sus últimos años en un estado de Nueva Inglaterra. Y por ello, por este ambiente tan diferenciado, puedo comprender que las opiniones de ambos novelistas disientan en el matiz o en la forma en la que son emitidas al lector, pero lo que no puedo es reconocer a Twain un mérito que no tiene...y que además priva a personas, mujeres en concreto, del derecho a tener más visibilidad que él en un tema que está mejor tratado por ellas. Ojalá las dejáramos expresarse, ojalá recuperásemos a más mujeres negras que escribieron sobre su posición en la sociedad americana decimonónica, porque son ellas las que se merecen estar al frente, no un señor blanco con bigote que nada sabía de estas cosas. ¡Queremos más literatura al estilo de Elizabeth Keckley, Amanda Smith y Harriet A. Jacobs! Y queremos que las bisnietas de esclavas negras nos cuenten sus historias, no hombres ni mujeres blancas; los blancos debemos aprender cuál es nuestro lugar, y más en la literatura.
Mucha gente mayor, sobre todo hombres (como no), reprobará el hecho que disienta en la recomendación de Las aventuras de Huckleberry Finn a los niños. Siendo sincera, pienso que leer esta novela sin una razón académica es perder el tiempo, y fue la última razón por la cual me quedé a un tercio de finalizar la novela. Hay mucha más literatura infantil y juvenil clásica sin problemáticas de ningún tipo que ha sido olvidada o que jamás será traducida al español. Así que, padres del mundo, romperos la cabeza, enseñar a vuestros hijos qué valores no deben aprender y qué valores sí deben comprender y tener en cuenta toda su vida. No hablo en ningún caso de censura, es más, estoy a favor de que si vuestros hijos desean leer esta novela lo hagan, pero imponed vuestra figura paternal o maternal y señalad qué valores han quedado desfasados y qué acciones no han de perpetuar.
El primer paso para educar bien a nuestros hijos se inicia mucho antes de concebirlos; es en el momento en el que decidimos analizarnos y acabar con ciertas actitudes. Entonces es cuando comenzamos a estar capacitados como individuos para cambiar el mundo también a través de futuras generaciones.
Nos vemos 💜. 
portada: filipe fernandez

domingo, 22 de enero de 2017

Una lección de humildad: El viento en los sauces

Kenneth Grahame comenzó a escribir El viento en los sauces para ayudar a su hijo a afrontar una discapacidad visual, pero por desgracia no pudo evitar que Alastair se sintiera una persona inferior al resto porque creía carecer de cualquier tipo de preparación física y emocional ante la vida, y, finalmente, el joven se quitó la vida arrojándose a las vías del tren. Este hubiese sido el hecho más trágico de la vida de los Grahame, pero Kenneth no había sido un hombre feliz antes de tener y perder a su único hijo. Había nacido en el seno de una familia rota y cuando sus abuelos decidieron recoger de la miseria al pequeño Grahame y sus hermanos para llevarlos a una casita de campo cerca del río Támesis fue cuando conoció un verdadero hogar. Asimismo, por la condición monetaria de la familia no pudo ir a la universidad, a pesar de ser un hombre inteligente y culto.
Fue muy duro adquirir consciencia de que la vida de Grahame no había sido un balde de agua caliente, no se si os ha sucedido pero a mi siempre me pasa que imagino a los escritores clásicos de cuentos infantiles con vidas que emanan una perpetua atmósfera de positivismo capaz de cegar hasta al pesimista más declarado, pero ahora ya estoy segura de que jamás volveré a pensar así. Me alegro de haber conocido la vida del señor Grahame después de leer la novela, porque así pude cerciorarme que la mente que se oculta tras esos dulces animalitos que viven allende al río y en el Bosque Salvaje es realmente hermosa. Como algunos sabréis, me gusta buscar el alma de los autores clásicos en sus textos, sobre todo disfruto buscando cuando se trata de un libro costumbrista con un tono marcadamente amable. La diferencia entre buscar el alma entre un autor que en sus juicios es más bien pesimista y un autor más afable con la existencia de los seres de este mundo es que por un tiempo consigo ver cosas de otra manera, no solo la existencia humana sino también la finalidad de la literatura. Si el alma un hombre por mucho que la vida se ensañara con él nunca dejó de ser preciosa y pura, ¿no vale la pena replantearse todo nuestro pensamiento a riesgo de decepcionarnos todavía más de este mundo?
Arthur Rackman

El viento en los sauces
 fue publicada en 1908, y aunque la critica nacional se mostró bastante reacia a calificarla como una buena obra, rápidamente adquirió fama y prestigio tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, llegando a manos del presidente Theodore Roosevelt, que tras leerla admitió que los personajes principales ya eran para él como unos viejos amigos. Con el éxito en ventas fue posible que la novela fuera ilustrada por diferentes artistas, entre los que destacan Shepard y Rackman, y que dota a la obra de un complemento pictórico más necesario. Además, El viento en los sauces fue llevada al teatro por el autor de Winny de Puh, A. A. Milne, pero muchos otros han continuado trasmitiendo la historia, ya fuera por radio, cine (Disney y otros) e incluso como telefilm. 
Kenneth Grahame presenta en su obra más afamada un elenco de animalillos parlantes en un mundo donde los hombres y los animales parecen tener el mismo grado de consciencia. En El Río vive una Rata de Agua poetisa y una Nutria simpática y acomodada, más al sur de la ribera el Sapo disfruta gastando su basta fortuna en artilugios inservibles, mientras que donde el sonido de las aguas es una quimera el Tejón disfruta de una vida solitaria en su modesta granjita. Pero la acción solo comienza cuando un humilde topito decide un buen día de primavera salir de su cueva. Hastiado de la monótona vida bajo tierra, precisa de un poco de aire fresco y de la cálida sensación del sol en su pelaje; así, pronto, formalizará una amistad con el animal más enamorado de aquel riachuelo, la Ratita de Agua. Ambos vivirán aventuras en torno a las tierras de su pequeño mundo fluvial lejos de las leyes de los hombres, y sus correrías se les unirán de vez en cuando un grupo de ratones de campo, la Nutria, el Tejón e incluso el cabeza cuadrada del Sapo.
“Nunca en su vida había visto un río, ese animal de cuerpo entero, reluciente y sinuoso que, en alegre persecución, atrapaba las cosas con un gorjeo y las volvía a soltar entre risas, para lanzarse de nuevo sobre otros compañeros de juego, que se liberaban de él y acababan otra vez prisioneros en sus manos. Todo temblaba y se estremecía: centelleos y destellos y chisporroteos, susurros y remolinos, chácharas y borboteos. El Topo estaba embrujado, hechizado, fascinado” Pág. 11.
Para empezar la novela es como un iceberg, por una parte habla al lector tanto por las experiencias de sus personajes y lo que nos cuenta el narrador pero, por otra, hay bastantes cosas que nunca aclaran los personajes ni la voz cantante. En la parte del iceberg oculta lo que resulta más evidente es que no descubrimos por qué los animales viven apartados de la gente, sin necesidad de saber nada de los asuntos más allá del Bosque Salvaje o las montañas, pero cuando un personaje principal comete un delito es no es justicia animal quien decreta sentencia, sino la humana. Los humanos son, además, muy secundarios y lo único que Grahame siempre quiere que tengamos presente son sus vicios. La falsa inocencia la representa la hija del carcelero; la codicia, de la mano de la lavandera; la mentira, amiga del maquinista; la crueldad, el mazo de los representantes de las leyes y la justicia, ect. A partir de un hecho que yo considero clave en la historia el Sapo es contagiado de la corrupción del mundo humano hasta que sus mejores amigos le convencen de que su derroche, avaricia y exagerado engreimiento no son la mejor vía para ser feliz, y al final incluso Sapo acaba dándose cuenta de que la vida no está para depender tanto de las cosas materiales ni para ser un imbécil.
“—La verdad, es el mejor de todos —contestó la Rata—. Es tan sencillo, y tan cariñoso, y tiene tan buen carácter… Acaso no sea demasiado listo (no podemos ser todos genios) y es bastante vanidoso y fanfarrón. Pero tiene grandes cualidades el bueno del Sapi…” Pág. 28.
Este aspecto de la historia, como podréis suponer, me ha gustado muchísimo por cómo está plasmado. Grahame no suelta una parrafada contra el ser humano para sentirse mejor consigo mismo y así igualar la balanza porque la vida le quitó a su madre y la bebida le privo de tener una figura paterna. Sin embargo no deja de ser sincero con sus jóvenes y no tan jóvenes lectores, y cuando terminas esta novela sabes que Grahame te ha susurrado en algún punto indeterminado de la historia: “Sí, yo también pienso que personas no han sido muy buenas conmigo nunca. Pero existe un mundo, este mundo que he creado para mi hijo y para vosotros, en el que he hecho que las cosas no sean como los que me hicieron daño en el pasado les gustaría que hubiese sucedido”. Para mi el mensaje del autor, a parte del propio que da El viento en los sauces, ha sido muy importante porque no creo que de ninguna otra manera hubiese podido entender algo así a estas alturas de la vida. Me pregunto quién habría sido yo si hubiera leído este libro con la edad adecuada, con doce años, pues veo otra realidad en el que hay persona más comprensiva y razonable consigo misma y con el resto del mundo.

Los personajes son para mi el pilar fundamental de la novela, muy diferentes de lo que había previsto encontrarme. Otra cosa que siempre había creído de la literatura infantil es que los personajes son modelos arquetípicos, habiendo en todos los cuentos infantiles un tímido, un valiente, un cobarde, ect. No obstante, en esta historia por lo menos todos los personajes tienen un fondo repleto de ambiciones, miedos, deseos, y eso, a mi entender, no impide que un niño pueda disfrutar de ellos sino que, al contrario, enriquece su mundo y que con el futuro la novela adquiera nuevas lecturas. ¿Por qué pensamos que un niño no puede entender a un personaje que no sea de cartón-pluma? Topo, por ejemplo, es sencillo, racional, torpe, sin grandes inquietudes, con tendencia a tener miedo por cualquier cosa y evitar situaciones conflictivas, pero eso no impide que no tenga momentos de valentía y en los que defienda a sus amigos de cualquier mal. Rata es todo lo contrario a él, es romántica, sentimental, valiente, ha vivido mucho y aunque sus aspiraciones no sean muy grandes hay un punto de la novela en que la confrontación con ellas la vuelven cobarde y contradictoria, porque algo dentro de Rata lucha por salir, su yo más animal, y ella realmente no quiere. Sinceramente, creo que todos en mayor o menor medida infravaloramos la literatura clásica infantil tachándola de plana o inadecuada para un adulto y, aunque mi experiencia es escasa el el campo, me he dado cuenta de que es en uno de los lugares donde  podemos encontrar enseñanzas útiles para la vida adulta. Los personajes de El viento en los sauces tienen  más defectos que virtudes, si hablamos de lo no socialmente aceptado por la sociedad claro. Cualquier lector es capaz de darse cuenta de ellos, pero para mi la intención Kenneth Grahame va mucho más allá de que aprendamos de los defectos, creo que lo que pretendía es que nos diéramos cuenta de que no todos son malos, al contrario, nos enriquecen como seres humanos.
“El Topo pensó que nunca había mirado tan profunda e íntimamente las cosas como en aquel día de invierno cuando la Naturaleza, sumida en su sopor anual, parecía haberse desnudado. Sotos, vallecitos, presas y todos los lugares escondidos que habían sido las minas misteriosas que ellos exploraban en los frondosos veranos ahora mostraban tristemente todos sus secretos, y parecían pedirle que se olvidase de aquella raída pobreza hasta que pudieran alborotar de nuevo en un intenso carnaval, y atraerlo y seducirlo con los viejos engaños.” Pag. 45.  [Me está costando no poner páginas enteras...]
La humildad de todos los personajes es para mi el mensaje en la obra más importante, incluso el personaje que más se aleja de la humildad, Sapo, se reconcilia al final de la novela con ella en todos los aspectos. Es maravilloso sentir como, de alguna forma, lo único que merece la pena buscar para nuestras respectivas existencias es una vida sencilla, lejos del mundanal ruido, y enriquecer nuestra alma en el lugar que elijamos como morada. No es la primera novela que leo que trasmite este mensaje, pero seguramente sea la historia que más me ha emocionado al hallarlo. Obviamente hay otros mensajes tales como la perseverancia, camaraderia, buena vecindad, ect., y qué queréis que os diga, todos son muy necesarios (incluido su regusto a siglo XIX que tanto parece disgustar a los lectores de este siglo). 
 Harry Hargreaves

En la novela también hay una parte mitológica muy lograda que se aleja bastante de la literatura infantil convencional, llegando a un nivel narrativo equiparable al gran escritor británico coetáneo a Grahame, Arthur Machen. No quiero mojarme más de lo debidamente apropiado pero siento que la obra tiene bastantes influencias de Machen, ya que incluso hay escenas que recuerdan a esa forma que tiene el autor de ver la vida: pausada, idealizada pero no en exceso y hermosamente monótona en la que de pronto irrumpe la fantasía sacada de siglos y siglos de imaginario transmitido de manera oral.
“Pero el Topo se quedó un momento perdido en sus pensamientos, como quien, despertándose bruscamente de un sueño maravilloso, intenta recordarlo y sólo consigue captar un vago sentido de su belleza. ¡Su belleza! Hasta que incluso aquello se desvanece, y el soñador tiene que aceptar amargamente el duro y frío despertar” Pag. 124.
Por último, no puedo dejar de mencionar lo lograda que está la ambientación, el rico y florido lenguaje que emplea el autor para recrear ese pequeño cosmos en el que nuestros amiguitos viven en paz y libertad. Grahame transmite en cada bucólica y lírica descripción la personalidad de un hombre culto interesado por los aspectos más insignificantes de la naturaleza y capaz de hallar la belleza suficiente como para dejar al lector extasiado.
“Destartalado, pequeño y con pocos muebles, y sin embargo era suyo, era su hogar, que él mismo se había construido, y que tanto placer le proporcionaba tras un día de trabajo. Y por lo que veía, también a la casa le había gustado su compañía, y ahora le echaba de menos y le estaba pidiendo que volviera, con tristeza y con reproches, pero sin amargura ni enojo” Pág. 80.
Por todo esto, sea cual sea la edad que tengas querido lector, lee este maravilloso clásico británico.
Nos vemos💜.
Portada: David Roberts.