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martes, 4 de abril de 2017

Huckleberry Finn y sus aventuras con el "nigger"

Con casi un millón de puntuaciones en Goodreads, Las aventuras de Huckleberry Finn parece constituir una de esas novelas que cualquier crío debe leer durante su infancia, y lo cierto es que en mi caso las historias de Mark Twain estuvieron bastante presentes durante este periodo de mi vida. Recuerdo con mucho cariño una adaptación cinematográfica de principios de siglo de Las aventuras de Tom Sawyer, la cual guarda una pequeña diferencia con respecto al resto de versiones, ya que en este caso los humanos son presentados como animales antropomorfos. Es una de las películas que con más cariño recuerdo y, en cierta manera, cuando leí El viento en los sauces evoqué las mismas sensaciones que experimentaba con el susodicho metraje. Así, seducida por este deseo de revivir mi infancia durante 2017, decidí leer las dos historias juveniles más afamadas de Mark Twain para descubrir qué había tras este producto cinematográfico.
Pero mi primera experiencia con el autor ha sido diferente a lo que había preconcebido una semana atrás, y lo cierto es que no ha sido una lectura que pueda calificar de agradable. Parte del problema se debe a que me ha sido imposible pasar por alto los aspectos de la obra que han envejecido lo suficiente para resultar ofensivos en la actualidad. Por culpa de esta serie de problemáticas las enseñanzas de la novela, todavía vigentes en nuestros días, que el autor misuriano deja patentes a través de su protagonista asilvestrado han quedado reducidas a reflexiones vacías. Por eso en esta reseña, más que mi opinión general, busco señalar en la medida de lo posible todos aquellos fragmentos que considero reprobables y comentar el porqué.

También considero que lo que voy a comentar a continuación sobre la novela es de interés actual. La gente blanca seguimos cometiendo los mismos errores más de cien años después de la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn, y la verdad es que no tenemos perdón, ni nos lo merecemos en realidad.
La obra, ambientada en la profunda Misuri de 1840, narra una serie de aventuras y desventuras protagonizadas por un niño llamado Huckleberry Finn. Hasta ahí todo correcto. El problema comienza cuando el autor introduce al esclavo negro de la señora Douglas, Jim. La grandísima problemática de esta novela es que el autor hace un intento de defender de las vejaciones a la gente de color y condenar la esclavitud, pero la carencia de documentación sobre la primera se hace patente conforme avanza la novela. Mark Twain se marca uno de esos famosos “peros” cuando una persona intenta desacreditar una lucha social y política. ¿Os suena el”yo no soy homófobo, pero no pasaría la noche durmiendo en la misma cama que mi amigo gay”? Pues todos los temas en torno a las personas de color están tratados de esta manera, y aquí podréis apreciar algunas perlas en la exposición de estos:
“—Me acuerdo. Te prometí no decirlo y no lo diré. La gente me llamará “despreciable abolicionista” por callarme, pero no me importa. No iré a decírselo a nadie. Es más, de todos modos no iré para nada...Cuéntamelo todo. […]. Comprendía que era inútil malgastar palabras. Es imposible enseñar a un negro a que razone. Y por eso le dejé”. Pág. 100.

¡Cuánto le había cambiado la personalidad! Ya lo dice el proverbio: “Dadle el pie al negro y se tomará la mano”. […] Ahí está ese negro, el cual he ayudado a escapar, y ya está decidido a robar sus hijos...unos chicos que pertenecen a un hombre al que ni siquiera conozco, que nunca me ha hecho daño... Me desagradaba oír a Jim de aquel modo. Mi conciencia seguía atormentándome, hasta que, por fin, me dije: “Todavía no es demasiado tarde. Me acercaré a la orilla y hablaré”. Pág. 110.

Supón que hubieras hecho las cosas bien y hubiese entregado a Jim, ¿te sentirías más satisfecho que ahora? “No”—me contesté—. Me sentiría mal, igual, exactamente igual que ahora. Entonces, ¿de qué sirve obrar bien, si obrar bien es desagradable y obrar mal no lo es? ¿Y si los resultados son los mismos?” Pág. 114.

Me pregunto hasta qué punto podemos justificar este tipo comentarios en una novela de finales del siglo XIX. He puesto los que he considerado más chocantes, desagradables y evidentes, pero quiero que tengáis presente que bajo este manto visible e indudablemente racista también hay mucho más, solo que interiorizado hasta el punto de que prácticamente no se puede ver. Así, Jim es presentado como un tipo con pocas luces, agorero y sumiso, y cualquier personaje de color que salga en la novela tiene las mismas actitudes que él. Esta caracterización de personaje no debe sorprender al personal, ya que en la literatura del siglo XIX, especialmente durante la primera mitad del siglo diecinueve, es bastante usual encontrarnos con novelas pobladas de personajes planos e insustanciales. Y la mayoría, como no, son mujeres blancas (clase media y alta), personas de color (hombres y mujeres) y criados blancos (hombres y mujeres).
Si ponemos en contexto los comentarios expuestos más arriba, descubrimos que el periodo donde con más fervor se buscó prohibición de la esclavitud en Estados Unidos fue desde 1831, extendiéndose desde Nueva Inglaterra hacia el resto del país, hasta el fin de la Guerra de Secesión, cuando final mente se prohibió ésta. Es muy importante clarificar, o más bien recordar, que en el Misuri de 1840 se permitía tener un sirviente negro sin que la posesión de éste reportara a los dueños problemas de ningún tipo con la ley o conciudadanos, un hecho que Twain aborda bastante bien hasta convencernos de cuan normal resultaba portar unos grilletes invisibles toda tu vida por el color de tu piel, y aprender a llevar esta certeza lo mejor posible, porque era lo que tocaba.

Pero con todo este potencial acumulado tras las innumerables experiencias del autor durante su juventud en Hannibal (Misuri) lo que no me parece normal es que, ya a finales del siglo XIX, Twain no muestre una postura más o menos clara en contra de la esclavitud. Hay una dualidad de opinión respecto a las personas de color muy casposa que se inclina más hacia el lado negativo. Remitiéndome a mis anteriores juicios, creo que ni él tenía claro su opinión sobre este tema,y así queda reflejado en esta novela. Así que volviendo a lo que nos ocupa, ¿justifico de algún modo los comentarios racistas de Twain? Pues la verdad es que no, y además los condeno. No puede ser que en 1884 una obra sea más estrecha de miras que La caballa del tío Tom, escrita en 1852 por Harriet Beecher Stowe, autora que recomiendo muchísimo leer si os interesa el tema del abolicionismo y feminismo en Estados Unidos durante el siglo XIX. En la mirada blanca sobre la esclavitud también influye el lugar de procedencia del autor, y no es mi intención comparar las dos obras sin observar previamente las vidas de sus respectivos autores. Mientras que Stowe provenía del seno de una familia de Massachusetts de clase media que le permitió acceder a una educación bastante amplia bajo un sólido ambiente progresista, Clemens o Twain no pudo ni siquiera terminar la escuela. Sabemos gracias a su novela qué tipo de atmósfera social imperaba en Misuri de por aquel entonces, por lo que no me extraña que Twain viviera sus últimos años en un estado de Nueva Inglaterra. Y por ello, por este ambiente tan diferenciado, puedo comprender que las opiniones de ambos novelistas disientan en el matiz o en la forma en la que son emitidas al lector, pero lo que no puedo es reconocer a Twain un mérito que no tiene...y que además priva a personas, mujeres en concreto, del derecho a tener más visibilidad que él en un tema que está mejor tratado por ellas. Ojalá las dejáramos expresarse, ojalá recuperásemos a más mujeres negras que escribieron sobre su posición en la sociedad americana decimonónica, porque son ellas las que se merecen estar al frente, no un señor blanco con bigote que nada sabía de estas cosas. ¡Queremos más literatura al estilo de Elizabeth Keckley, Amanda Smith y Harriet A. Jacobs! Y queremos que las bisnietas de esclavas negras nos cuenten sus historias, no hombres ni mujeres blancas; los blancos debemos aprender cuál es nuestro lugar, y más en la literatura.
Mucha gente mayor, sobre todo hombres (como no), reprobará el hecho que disienta en la recomendación de Las aventuras de Huckleberry Finn a los niños. Siendo sincera, pienso que leer esta novela sin una razón académica es perder el tiempo, y fue la última razón por la cual me quedé a un tercio de finalizar la novela. Hay mucha más literatura infantil y juvenil clásica sin problemáticas de ningún tipo que ha sido olvidada o que jamás será traducida al español. Así que, padres del mundo, romperos la cabeza, enseñar a vuestros hijos qué valores no deben aprender y qué valores sí deben comprender y tener en cuenta toda su vida. No hablo en ningún caso de censura, es más, estoy a favor de que si vuestros hijos desean leer esta novela lo hagan, pero imponed vuestra figura paternal o maternal y señalad qué valores han quedado desfasados y qué acciones no han de perpetuar.
El primer paso para educar bien a nuestros hijos se inicia mucho antes de concebirlos; es en el momento en el que decidimos analizarnos y acabar con ciertas actitudes. Entonces es cuando comenzamos a estar capacitados como individuos para cambiar el mundo también a través de futuras generaciones.
Nos vemos 💜. 
portada: filipe fernandez